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EL ASCENSOR

EL ASCENSOR

Sintió dos pares de ojos escrutándole. José Montero giró levemente la cabeza para vislumbrar la amenaza. Identificó a los vigías como a dos agentes de seguridad camuflados, a sueldo de los grandes almacenes en los que se encontraba. Desplegados allí para fastidiarle en su empresa: hurtar un reloj de lujo en un descuido de la dependienta. Ya llevaba diseminados, bajo su bata blanca de inocente enfermero, dos brazaletes y una gargantilla que había sustraído hacia apenas cinco minutos en otro mostrador. Iba disfrazado de tal guisa y embozado entre el acalorado gentío, que huía del tórrido y seco verano madrileño en busca del reparador aire acondicionado de los grandes almacenes.

Era hora de salir por piernas, se dijo. Observó la puerta de salida más cercana y vio a un agente de seguridad uniformado hablando por el walkie talkie. Inmediatamente optó por otra salida. Decidió que cogería uno de los cercanos ascensores y se perdería por alguna planta superior. Allí se desharía de la quincalla, para bajar luego tranquilamente por las escaleras totalmente limpio.

            Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando José entró en el ascensor, ocupado hasta aquel momento, por un sacerdote y una joven bastante atractiva, sobre la que no pudo evitar posar sus ojos, concretamente en el escote, mientras entraba y se colocaba a su lado. Otro hombre, recio y paticorto, cuelliancho de cráneo rasurado y con ojos de sapo, entró tras él. Este siniestro pasajero se situó cerca de los botones, los cuales oprimía repetidamente con insistencia, como si también huyera, como el descuidero. Tenía prisa por llegar a la séptima planta, a la cafetería con vistas sobre la ciudad de Madrid. Le pareció el lugar idóneo, al estar lleno de turistas y otros clientes, para cerrar un trato con su competidor colombiano en el negocio del narcotráfico. Camilo Pinzón, un desalmado implacable al que se había atrevido a desafiar y al que ahora debía una compensación. Estaba dispuesto a concedérsela durante este encuentro, si es que llegaba vivo al mismo. Dos individuos, de los que sospechaba fueran unos sicarios del colombiano, le habían estado siguiendo por la planta baja. La opción más rápida para deshacerse de ellos fueron los ascensores.

El narco Antón Losada presionó el botón de cierre de puertas con diligencia, pero un carrito de bebé se interpuso entre ellas impidiendo su cierre. Una madre con ojos implorantes y dulce sonrisa demandaba un hueco en el habitáculo para ella, su carrito y el niño de seis años que se asía de su mano libre.

            Por fin las puertas se cerraron y comenzó la ascensión. Justo después de visualizarse el número cuatro en el indicador digital de plantas recorridas, las luces se apagaron deteniéndose el ascensor tras un brusco brinco. Una luz antipánico, tenue y espectral, corrigió la oscuridad tiñendo los rostros de los sobresaltados pasajeros de una lividez plateada. Ni que decir tiene que los que entraron ya nerviosos al ascensor estaban en ese momento a punto de estallar, mientras que los otrora tranquilos clientes comenzaron a ponerse algo nerviosos a partir del repentino apagón.

            Los más tranquilos, extrañamente, eran los niños, tanto el bebé como el chiquillo permanecieron en silencio, sin molestar. A pesar de aquella evidente calma infantil, el sacerdote creyó conveniente hacer notar su experiencia en la docencia.

            —No te preocupes, guapo —le dijo al niño, al tiempo que le acariciaba el rostro—. Enseguida volverá la luz y subiremos…

            —Al cielo —añadió, sin poder reprimirse, el quinqui—. Es que me lo ha puesto a huevo, padre —se excusó.

            Los demás sonrieron. Hizo mucho bien el chascarrillo a los nervios a flor de piel de los forzosos parroquianos.

            —No pasa nada, hijo —contestó el cura—. El humor blanco alimenta la inteligencia, mientras que el negro oculta cierta maldad en quien lo practica.

            Nadie comprendió aquella parrafada, pero la mayoría asintió más por agradar y no comprometerse que por convencimiento. José Montero fue de los que no asintió, pues su mente estaba en otro sitio: en descifrar el sonido de aquella voz que le resultaba tan familiar, de aquella tonalidad e impostada plática del sacerdote. Debía averiguar si estaba en lo cierto:

            —Perdone, padre. ¿Es usted salesiano?

            —Eh, sí. Lo soy —contestó el clérigo algo extrañado.

            —Don Javier, claro. Usted es el padre catequista —afirmó Montero—. Vamos, seguro.

            El interpelado enmudeció sorprendido. Mientras todos lo observaban esperando una respuesta, el ladrón aprovechó para deshacerse de su mercancía robada introduciéndola en el carrito del bebé, bajo las sabanitas. Su madre se llevaría una alegría cuando sacase a su hijo del cochecito.

            Por fin habló el catequista.

            —¿Has sido alumno mío, hijo?

            —El padre Javier —hizo José un alto y se rio mirando en rededor—. El pulpo, lo llamábamos.

            En ese momento regresó la luz. El ascensor inició un corto ascenso hasta la planta superior y se abrieron las puertas. Los dos supuestos sicarios aparecieron al otro lado. Antón Losada se palpó la pistola y retuvo su mano ahí a la espera de acontecimientos. José Montero hizo lo mismo con su navaja mariposa oculta en su bolsillo trasero, pues era de aquellos dos hombres de los que también huía.

La madre y su prole fueron los primeros en abandonar el ascensor precipitadamente. Los dos policías de paisano se hicieron a un lado para, a continuación, entrar en el ascensor y detener al sacerdote.

            —Padre Javier Garmendia Inchausti, le rogamos nos acompañe a comisaria para aclarar su participación en la red de pederastia del colegio San Juan Bosco. Puede acompañarnos por propia voluntad o, si lo prefiere, podemos ponerle las esposas y detenerle. Usted decide —le soltó de corrido el mayor de los policías.

            —Los acompaño.

©Andrés Gusó

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PIEL DURA

PIEL DURA

Confianza Ciega

Cuando Tina entraba en una habitación regalaba presencia con sus formas rotundas y andares sensuales. Despertaba envidias y admiración entre las hembras a partes iguales; deseo y lascivia en los machos al unísono. No pasaba jamás desapercibida, a excepción de aquella tarde en la discoteca del pueblo. Aquel apuesto hombretón ni la siguió con la mirada ni le prestó la más mínima atención. A pesar de su estelar entrada, vestida para la ocasión con sus mejores galas: un vestido rojo pasión, de punto, escote palabra de honor, corte en tubo ajustado hasta medio muslo. Imposible para cualquier otra hembra que no fuera ella.

No pasó mucho tiempo para que las moscas acudieran a la miel. Tina rechazó todas las invitaciones a bailar. Se sentó junto a su mejor amiga, Karina, en una mesa apartada, y desde allí pudo observar sin ser vista a aquel adonis, extraño al pueblo y al resto de lugareños, pues con ninguno hablaba. Permanecía solo, acodado a la barra en un rincón como mirando al infinito, o eso le parecía a Tina, puesto que aquel sujeto vestía unas gafas oscuras que no le permitían distinguir su mirada.

            —Solo le falta pasarse el pulgar sobre los labios, como el del anuncio —le participó algo contrariada a su amiga Karina, señalando con la barbilla hacia el apuesto varón.

            —¿El de negro? ¿El mazao de la camiseta ajustada de grandes pectorales?

            —Sí, ese —contestó Tina—. Que parece que sea el portero de la discoteca, así to de negro y … to apretao.

            —Pues a mí me parece que está muy bueno.

            —Y lo está —acordó—. Pero se lo tiene muy creído, me da a mí.

            —A ti lo que te pasa es que te jode que no te haya ni mirado. Estás muy mal acostumbrada, querida.

            —Pues me va a ver, tía —dijo levantándose y ajustándose el vestido—. Me va a ver bien. Si Mahoma no va, la montaña se… mueve, o como sea el puto dicho.

            Tina se dirigió con paso seguro y exagerado cimbreo hacia el bar. Notó cómo muchas miradas desnudaban su cuerpo mientras rodeaba la pista de baile para alcanzar el extremo de la barra. Su objetivo reposaba un brazo sobre el mostrador, mientras con la otra mano se llevaba parsimoniosamente un vaso largo a los labios, dándole un prolongado sorbo a su bebida. Sin disimulo alguno ella se situó a su lado. Acodó ambos brazos, se inclinó sobre la barra y se dirigió al camarero, un antiguo compañero de pupitre, para pedirle una consumición.

            —Roberto, ponme lo mismo que le pusiste a este —dijo en voz alta señalando al hombre de la negra camiseta ajustada—. Que parece que le gusta.

            —Un gintonic.

            —De importación, supongo —dijo Tina.

            —No lo sé. Lo he dejado a la elección del camarero. Está muy rico.

            —Seguro que Roberto te ha puesto la mejor ginebra que tiene. Es un profesional.

            —No te preguntaré si vienes mucho por aquí, porque es obvio que eres una habitual —dijo el hombre de negro elevando la voz.

            —Yo sí te preguntaré de dónde has salido tú. Nunca te había visto por aquí.

            —De Madrid —respondió—. Estoy trabajando aquí unos días.

            Tina se lo quedó mirando fijamente, extrañada de que ese individuo siguiera sin mirarla, hablando como al infinito, cuando claramente habían entablado una conversación, aunque fuera casi a gritos por culpa de la música que atronaba el local. Algo no encajaba en ese tipo, pensó.

            —Y… ¿de qué trabajas? —preguntó realmente interesada.

            —Ayudo a la policía en un caso de homicidio múltiple. Soy criminalista. 

            —¡Ódo! —exclamó sorprendida —. ¿En el de las tres chicas de Cuenca?

            El hombre asintió. Se llevó el dedo índice a los labios en petición de silencio y luego volvió a sonreír enigmáticamente.

            —No lo vayas a pregonar por ahí. Estoy de incognito —dijo misterioso—. A la policía no les gusta ir aireando que me necesitan. Son muy suyos.

            —Pero ¿no eres policía?

            El hombre de negro negó con la cabeza varias veces. Posó su vaso sobre la barra y levantó el brazo haciendo con su mano el signo de rotación, lo que indicaba que quería otra ronda. Lo mantuvo alzado casi un minuto, sin éxito. La machacona música house fue sustituida por ritmos más suaves y canciones pegadizas, bien conocidas por la parroquia manchega. Muchos se lanzaron a la pista a bailar.

            —Perdona, ¿quieres tomar otra copa?

            Tina frunció el ceño en señal de extrañeza. Había algo en esa persona que no era normal.

            —No, gracias. Todavía la tengo casi llena. Roberto está en la otra punta, no insistas que no te puede ver desde tan lejos.

            —Ya me parecía. Debe estar ciego.

            Al decir esto, el hombre de negro soltó una risotada sin previo pensamiento, sin pulir, como vomitada.

            —¿De qué te ríes, tío? No entiendo.

            —De la contradicción. Aquí el único ciego soy yo, o es que aún no te has dado cuenta.

            Por fin le cuadraron las formas y gestos de aquel tipo. La ausencia de miradas libidinosas o de otra índole, ni tan siquiera por interés o educación. Ahora lo entendía. El cabrón era ciego, reparó. Claro, por eso. Por eso…

            —Pues, no. No me había dado cuenta —se sinceró—. Lo disimulas muy bien.

            —No hay nada que disimular, eres tú que no te fijas. Yo, en cambio, me he fijado bien y sé muchas cosas sobre ti.

            —Ya —respondió despectiva—. Seguro. Pero si no me ves, qué vas a saber.

            —A eso me dedico: a saber, sin ver. A ver lo que los otros no saben ver. Yo miro con otros ojos.

            Convencida de que no la podía ver, Tina se acercó a escasos centímetros, su pecho voluptuoso casi rozaba los pectorales de su interlocutor. Se aproximó aún más, hasta el punto en que sus senos lo tocaron, para susurrarle a la oreja un desafío:

            —A ver, listo. Descríbeme. Quiero saber qué ven esos ojos que no ven.

            El hombre de negro conformó una sonrisa de superioridad.

            —De momento te diré que por tu modo de hablar y el timbre de tu voz, no tienes más de treinta años, yo diría que unos veintisiete o veintiocho. Tu acento es castellano manchego, quizás de Cuenca, o de Albacete. Tampoco es tan difícil si tenemos en cuenta que nos encontramos en Tarancón, y al parecer conoces a la gente de aquí, por lo que muy bien podrías ser oriunda de esta parte de La Mancha.

            —Ajá. Vas bien, tío. De momento —confirmó Tina.

El hombre de negro levantó la mano y la puso a la altura de la cara de la chica.

            —¿Me dejas que te toque la cara? —pidió.

            —Solo la cara, chorra. No te vayas a creer lo que no es.

            Comenzó con una mano a repasar el rostro de la chica, se acompañó pronto de la otra mano, aprisionando suavemente el rostro entre ambas. Le palpó el cabello recorriéndolo en toda su largura hasta medio pecho. Ahí paró. Subió de nuevo las manos al rostro escalando por el cuello y remontando la barbilla. Se centró en los mullidos labios unos instantes para, a continuación, ascender por la nariz hasta las depiladas cejas y cubrir, por fin, los ojos almendrados con las yemas de sus dedos. Antes de despegar sus manos completamente, las dirigió hacia las pequeñas orejas, ocultas por la cabellera, en busca de pendientes; los encontró largos y de varias piezas engarzadas.

            —¿Y bien? —inquirió Tina intrigada.

            —Antes dile a tu amigo que nos ponga otra ronda, ¿quieres?

            Tina se giró hacia la barra en el instante en que Roberto se aproximaba con varias copas vacías en sus manos. Lo llamó y pidió dos gintonics de la mejor ginebra. Tenía claro que ella no los iba a pagar. Instó a su nuevo amigo que le describiera con palabras lo que palpó con sus manos.

            —De acuerdo. Eres una chica más alta que la media, aunque tampoco eres una jirafa —se rio—. Por lo que he notado al acercarte a mi oreja a susurrar, seguramente estas muy bien dotada físicamente, pues tu pecho es turgente y bastante desarrollado. Apetecible, debo añadir. Supongo que eres bastante guapa, aunque de facciones algo rotundas, que disimulas depilándote las cejas y usando muy poco maquillaje, apenas algo de rímel y pintalabios. A pesar de usar un perfume algo barato, le sacas partido, pues hueles bastante bien.

            —Oye, tío. No te pases.

            —No te ofendas, me refiero a que tu piel huele mejor sin artificios, tal cual.

            Roberto sirvió dos gintonics bien cargados de ginebra inglesa. El tintineo de los hielos hizo que el hombre de negro girase su cabeza hacia las bebidas. Tanteó sobre el mostrador y llegó su mano hasta una de las copas. La cogió y se la acercó a Tina. Luego hizo lo mismo con la otra copa, llevándosela esta vez a su boca, enviando la mitad de su contenido al estómago de un largo y único trago. Reprimió un eructo educadamente, tapándose la boca con la mano libre.

            —Es bastante impresionante —concedió Tina—. Pero no entiendo muy bien cómo puedes ayudar a la poli con esta minusvalía tuya. Sin ver… no irás palpando por ahí los cadáveres, ¿no? Digo yo.

            —Pues, a veces me dejan. Pero solo si están bien muertos.

            —Estás de coña. No me vaciles, tío —le soltó mientras le daba un leve manotazo en el brazo.

            —Vale. Lo que pasa es que no me gusta hablar mucho de mi trabajo. No siempre es agradable, sabes.

            Tina chocó su copa contra la de su compañero de barra y lo invitó a proseguir:

            —Venga, dame un ejemplo de lo que has hecho hoy. ¿Cómo les has ayudado con lo de las chicas?

            —No puedo hablar de ello, pero te diré, por ejemplo, que sé distinguir, mejor dicho, identificar, más de cien sonidos diferentes. Desde pájaros a perros, motores o campanas. Sé, por decirte algo de por aquí, que conozco el tañido de la mayoría de las campanas de las iglesias castellanas. Ninguna suena igual.

            —No veo la relación.

            —En una grabación que captaron se oía de fondo el tañido de un campanario. Yo lo identifiqué y por eso estamos hoy todos aquí. En Tarancón.

            Ahora fue Tina la que se trasegó media copa de golpe. Estaba ciertamente impresionada por las capacidades, tan fuera de lo común, de su nueva amistad. Siguieron charlando sobre sus otras habilidades: los idiomas y la distinción de acentos entre regiones del mismo país, su poder olfativo, capaz de identificar más de doscientos olores diversos, y por fin, el tacto, igualmente capaz de encontrar minúsculas variaciones en la piel, en forma, tersura y temperatura. Tina se iba acercando más y más a aquel sujeto tan peculiar, olvidándose completamente de su discapacidad visual. Sin ser vista se sentía igualmente observada y apreciada por aquel individuo, del que todavía desconocía su nombre.

            —Por cierto, aún no me has dicho tu nombre. Yo me llamo Tina.

            —Ricardo —respondió ofreciendo su mejilla para ser besada.

            Siguieron conversando animadamente sobre temas insustanciales hasta que llegó el momento crucial de despedirse o de irse juntos. Ricardo le pidió que lo acompañara a su hotel, pues no creía que hubiese taxis a esas horas. Tina aceptó con la condición de que le contara más sobre el caso de las chicas asesinadas en Cuenca. Se subieron al coche de Tina acompañados por Karina, quien había insistido en permanecer junto a su amiga. No se fiaba del hombre de negro. La discoteca estaba algo alejada del centro del pueblo. Tina, a pesar de las disimuladas advertencias de su amiga, optó por dejar primero a esta en su casa y seguir camino a solas con Ricardo. Si les paraba la Guardia Civil en un control, la conductora superaría con creces los niveles permitidos de alcohol en sangre, por lo que le comentó que daría un rodeo hasta su hotel por caminos secundarios. Ricardo se limitó a asentir en silencio.

            En un sendero sin asfaltar y tras varios trompicones Tina detuvo el coche orillándolo junto a unas encinas de gran tamaño y frondosidad. Apagó el motor y las luces. La noche era bastante clara, la luna brillaba con intensidad y no era necesaria tanta luz. No podía llevárselo a casa, por respeto a sus padres, con los que aún vivía, pero aquel hombretón no podría irse a dormir sin antes ella sentirlo dentro. Tanta ginebra le había despertado la libido, lo suficiente como para desinhibirla y demandar magreo.

            —Quiero que me toques el cuerpo como antes tocaste mi cara. Quiero sentir esas manos, delicadas y precisas, sobre mi pecho y mis muslos —le dijo mientras le agarraba su mano y la conducía hasta su húmeda entrepierna—. Quiero que me vuelvas loca.

            Ricardo no dijo nada y se dejó llevar. Le sorprendió la fogosidad de la chica, pero lo adujo al alcohol trasegado. Ella llevaba la iniciativa. Se subió el vestido de tubo hasta dejárselo enrollado a la altura del cuello, como si fuese un gran foulard. Las manos de Ricardo ascendían y descendían amasando las sensuales formas de Tina. Ella se estremecía al tiempo que luchaba por desabrochar los botones de los vaqueros de Ricardo, buscando ser penetrada cuanto antes. Sacó un condón de su pequeño bolso y lo colocó en el enhiesto miembro de su sorprendido amante.

La montó, atendiendo a las reiteradas suplicas al oído que una desbocada Tina le proponía. Al mismo tiempo, Ricardo aprisionaba su garganta con una de sus delicadas y precisas manos. A medida que aumentaba el ritmo de la penetración, aumentaba igualmente la intensidad del ahogamiento. Al llegar al clímax utilizó ambas manos para asfixiarla hasta la muerte mientras se vaciaba en ella.

            Se desenganchó. Se subió los pantalones. Se encasquetó las gafas negras en su cabeza como si fueran una diadema. Abrió la puerta del coche y cogiéndola de los pies jaló aquel cuerpo fuera del vehículo. La arrastró hasta unos matorrales detrás de unas encinas de gran tamaño y retorcidas formas a causa del viento y los años. Se aseguró de que estuviera muerta y la cubrió con unas ramas sueltas.

            Regresó al coche y se puso al volante. Condujo hasta llegar a Madrid. Abandonó el coche en un aparcamiento del centro, y se diluyó en la gran ciudad.

Su cuarta víctima resultó la más fácil de todas.

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UN VIAJE DE VENGANZA

UN VIAJE DE VENGANZA

Capítulo 1.

Ella arrastraba el cuerpo inerte de su amante cuesta arriba. Realizaba un gran esfuerzo, tanto físico como mental. Hacía apenas tres horas yacían extenuados tras haber hecho el amor con vigor y pretendida pasión. Más bien él, ella se dejó hacer, como siempre últimamente, a disgusto. Ahora colaboraba en la desaparición de su amante.

            El asesino le había ordenado que cogiera el cadáver por los pies y lo ayudase a trasladarlo hasta la entrada de una cueva, en lo alto de un pequeño montículo. Pesaba casi noventa kilos al menos, nunca lo había notado tan pesado, ni siquiera cuando se derrumbaba sobre ella tras vaciarse. Lo agarró por los tobillos y tiró cuesta arriba apretando los dientes. La mayor parte del peso la soportaba el asesino, el cual tenía agarrado al muerto por las axilas. Ascendía la cuesta despacio dándole tiempo de vez en cuando a la chica a recuperar el resuello.

            No hablaban, concentrados como estaban en la operación, para ahorrar fuerzas y, sin duda, para escamotear la tenebrosa realidad de lo que estaban haciendo: deshacerse de un cadáver. Ella desde el momento en que gritó, asustada por la súbita irrupción del asesino en el coche, no abrió la boca ni una sola vez más. Ni siquiera para tomar aire durante la exigente ascensión de la loma. Desde luego se asustó mucho. En un principio creyó que ella también iba a ser su víctima. Sin embargo,  en cuanto vio que la obviaba como objetivo criminal y le pedía ayuda para introducir a su amante en el maletero, desde ese mismo instante, se relajó aliviada. Primero, porque no parecía que la fuera a matar también a ella —siempre tuvo la impresión de que le gustaba por la forma en que la miraba, por alguna que otra trivial insinuación, porque su presencia y encuentros eran más asiduos en las últimas semanas—, y segundo, porque la eliminación de su pareja representaba en realidad una liberación, quizás una oportunidad para comenzar una nueva vida.

            Ella se quedó observando como su acaso pretendiente se deshacía del cuerpo y lo dejaba caer por una estrecha grieta. Decidió alejarse. No quería ver más. Pasar página. Irse de allí. Regresar a Madrid y cambiar de vida.

Sí, pero no con un asesino

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EL SILENCIO HABLARÁ POR ELLA

EL SILENCIO HABLARÁ POR ELLA

Capítulo 1.

Madrugada del sábado 21 de marzo de 2037.

En algún lugar de la sierra madrileña.

Maniatada, magullada y aterida de frío. Unos instantes antes un insospechado enemigo la había arrojado sobre el duro suelo de pizarra, de lo que parecía la bodega del chalé al que había sido invitada. Alguien de su total confianza la llevó allí apenas unas pocas horas antes. Estaba muy asustada, no tenía ni la más remota idea de lo que iba a pasar con ella: quizás un permanente enclaustramiento en aquel sótano por un insano enamoramiento de su captor, o bien una petición de rescate a cambio de su vida. Sus padres no eran ricos, pero tampoco pobres. Seguro que su padre con su posición podría reunirlo pronto, como estaba segura de que ahora estaría ya buscándola por todas partes, o a lo peor, como aún era temprano esperaría a ver si llegaba por la mañana tras una juerga, como alguna otra vez en el pasado. Y… si fuera una venganza política… al fin y al cabo era la hija de un detestado ministro, concluyó.

 Se convenció de que nada de todo aquello había acontecido de momento, así que era mejor tranquilizarse. Lo único cierto que sabía era el nombre de su secuestrador, y aunque sorprendida, no dejaba de preguntarse qué era lo que aquel pretendía con esa asombrosa acción. Estaba en una casa segura, plácidamente adormilada tras yacer entre los brazos de su amor, cuando de pronto tuvo un abrupto despertar y su burbuja protectora explotó sin previo aviso. Unos poderosos brazos la habían arrastrado a un gélido y oscuro sótano. El raptor le había quitado el EPR de su oído y lo había machacado de un tremendo pisotón. Desconectada e ilocalizable. Sumida en el silencio.

Cada vez hacía más frío, debía ser noche cerrada, por algún resquicio se colaba un soplo helado que le hacía tiritar de frío y de miedo. Una vieja camiseta prestada era todo su abrigo.

No se oía nada: silencio absoluto. Su secuestrador no había dado señales de vida desde que la maniató, fotografió y arrojó sobre el frio suelo, haría ya un par de horas.

Al menos me podría haber echado en una cama, haberme dado algo de abrigo, algo de comer…

Tengo hambre, hijo de puta.

Tengo frío, cabrón.

Tengo miedo, papá.

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NO ERAN TRUENOS

NO ERAN TRUENOS

No eran truenos. No era una tormenta. El cielo estaba despejado y de un azul luminoso.

Aquel estruendo no podía ser otra cosa que bombas.

Bombas alemanas o bombas rusas.

O ambas.

La última vez que las gemelas bajaron al pueblo a por provisiones para la granja, hará ya una semana, no se hablaba de otra cosa: del avance ruso. Y del retroceso alemán, también, pero con la boca pequeña. La inimaginable derrota, hace apenas un año, cuando Hans, su hermano mayor, les comentaba por carta el avance victorioso de las tropas germanas sobre suelo soviético, se había transformado hoy en previsible. Máxime cuando, hace un mes, vinieron a buscar a Ludwig, el pequeño —apenas diecisiete años recién cumplidos—, para que se uniera a las juventudes hitlerianas y marchase al frente polaco a defender el suelo patrio. «Que estos comunistas ateos no profanen nuestras iglesias, ni nuestra tierra, con sus botas y sus abrigos y sus gorros de piel de zorra», les arengaban los jefes nazis.

Se habían quedado ellas dos solas al cuidado de la granja y de su anciano padre, quien apenas podía ya valerse por sí mismo. Las gemelas se encargaban de todo: alimentar a los animales —unas pocas gallinas, cuatro cerdos y un par de vacas— y de sembrar y recolectar patatas, unas cuantas coles, algunos calabacines y escaso brócoli. Nada más daba ya aquella granja, antes de la guerra la más productiva y ahora la más estéril.

Habían escuchado historias terribles sobre los rusos. Sus vecinas comentaban aterrorizadas las violaciones y posterior asesinato, una vez saciados los soldados rusos, de muchas polacas. Jóvenes y no tan jóvenes. No hacían ascos a ninguna y ninguna se libraba de una muerte, con suerte de un balazo, lo habitual: degolladas para así ahorrar munición. Ellas no querian pasar por eso. balazo, lo habitual degolladas para ahorrar municiz saciados, de muchas polacasa vaca, y de sembrar y recolecían pasar por eso.

Hertha y Grete pergeñaron un plan: no las iban a encontrar.

Primero pensaron en huir, pero no podían irse sin su padre y tampoco acarrear con él. No les quedaba otra que esconderse, emparedarse si hacía falta. Habían oído historias sobre judíos que se ocultaban de los nazis en falsos armarios o en falsos techos. El rumor de las bombas cercanas las espoleó. Levantaron las tablas del suelo de la habitación de su padre. Únicamente las que estaban justo debajo de la cama de matrimonio. Por allí accederán al sótano a partir de ahora. Como engaño tapiarán la actual puerta de entrada al mismo con ladrillo y cemento. Luego colocarán una alacena delante y rezarán para que los rusos no sospechen. Los ladrillos los sacarán de la antigua caballeriza, cuando en los buenos tiempos criaban caballos. No necesitarán muchos. El problema será el cemento. Tendrá que ser con ceniza y arena del cercano río.

Quemaron, durante dos días completos, la leña que tenían guardada para el invierno. Utilizaron la chimenea para obtener la necesaria ceniza. Nadie se extrañaría de ver el humo escapar por la chimenea pues ya hacía frío. Además, sus vecinos iban a lo suyo. Seguramente también ellos estarán ocultándose de los rusos, pensaron.

Tapiaron la antigua entrada al sótano. La camuflaron con la alacena. Instruyeron a su padre de lo que debía hacer y decir cuando llegasen las tropas rusas o las británicas o las americanas, ya no sabían, a ciencia cierta, quien les iba a invadir finalmente. Su padre no debía esconderse, ni él quiso tampoco, ya que no sería creíble una granja con animales y labranza sin personas. Podría decir que sus hijos murieron en la guerra, que enviudó hacía poco y que hacía lo que podía para ir tirando con la ayuda de algún vecino caritativo. Todo esto les diría si le daban opción a explicarse y si alguno de aquellos brutos paganos hablase su lengua. El padre fue en busca de su pistola, guardada bajo llave desde el tratado de Versalles.

No eran truenos. No era una tormenta. No eran bombas, tampoco.

Oyeron perfectamente un ruido de motores a lo lejos. Se acercaban despacio. «Carros de combate», les dijo su padre. Combatió en la primera guerra mundial, suboficial de caballería y aunque los tanques eran mucho más pequeños y lentos, eran igual de ruidosos. Un sonido inconfundible: agudo y seco y continuo. Las gemelas lo prepararon todo a la carrera. Todavía no se habían pertrechado con viandas suficientes. Pensaron erróneamente que podrían subir y bajar a por ellas a voluntad. No cayeron en que los asaltantes podrían permanecer una semana o más, refrescándose para un nuevo combate, para continuar hacia Berlín, su ulterior objetivo. Grete se situó a la entrada del sótano, bajo el catre, para recoger todo el avituallamiento que su hermana gemela le iba pasando: conservas, agua, judías, coles y patatas, tres sacos. Una olla y una sartén. Cuchillos y tenedores y cucharas. Poco más.

El sonido de las cadenas de los carros de combate que descendían por la colina hacia el valle parecía adueñarse de la casa. No les quedaba más tiempo. Su padre les entregó su Parabellum P08. Bajaron al sótano con ella. «Poca defensa será para tanto soldado», se dijeron.

Las paredes temblaron a causa del traqueteo constante de los tanques, ahora a menos de veinte metros. De repente cesaron el sonido y el temblor. Los sustituyó un zambombazo: un tiro de advertencia a los posibles moradores. Volaron parte del techo del granero, que comenzó a arder. El anciano señor Schulz se asomó a la puerta de la casa con las manos en la cabeza y tambaleándose al no usar su bastón. Dio dos pasos y se apoyó en uno de los pilares del porche para no caerse. Le apuntaron con sus kalashnikov. Mantuvo con dificultad las manos en alto y la verticalidad.

Varios soldados soviéticos, comandados por un sargento, irrumpieron en la casa, repartiéndose por todas las estancias a tropel. Buscaban mujeres y comida. Removieron mesas y sillas. Por fortuna no movieron las camas, pero tanto catre delataba la presencia de al menos cuatro personas, además del anciano. El sargento chapurreaba alemán y le preguntó por el resto de los habitantes de la granja. «Todos muertos: cuatro hijos en la guerra y mi mujer, de pena», le contestó escueto. No pareció convencido el ruso. Gritó: ¡sobaki!

Al poco aparecieron dos soldados con sendos perros siberianos, que de inmediato comenzaron a olisquear por todos los rincones. Se detuvieron los laikas de Siberia en la habitación principal, ladraban repetidamente y tiraban de la correa hasta que pudieron abocarse bajo la gran cama. Ambos perros rascaban y ladraban sobre las tablas del suelo. Entre cuatro soldados retiraron la cama. Los canes persistían en gruñir y ladrar. El sargento mandó levantar las tablas.

Sonó un disparo. Provenía del suelo que pisaban los invasores. Luego otro. Los soldados montaron sus armas y se cubrieron tras los muebles y tabiques.

El señor Schulz se arrodilló y prorrumpió en un llanto intenso y desconsolado.

Los perros callaron.

© Andrés Gusó

Madrid, noviembre 2019

Publicado por guso en Relatos

TESTIGO ACCIDENTAL

Me gusta esa hora de la mañana en la que el sol lucha contra la oscuridad y la vence. Sobre todo en verano. Amanece pronto y no necesito madrugar para apreciar el espectáculo, saborear la brisa marina a esas horas y prepararme para el húmedo calor, que Barcelona me obligará a soportar en un par de horas. Me he bajado a la playa. Enfrente el mar, y en la espalda, el ajetreo del tráfico.

Me siento en la acera a contemplar el Mediterráneo. Hoy está manso, como una balsa de aceite. Por mi derecha veo un corredor por la playa que se aproxima a gran velocidad desde el sur. Va vestido como un atleta: zapatillas de deporte, camiseta de vivos colores y pantalones elásticos negros muy ajustados. Es una estampa atractiva. Saco el móvil y comienzo a grabar.

La playa estaría totalmente desierta sino fuera por el corredor y un joven sentado a unos veinte metros delante de mí. Está hablando por teléfono de cara al mar. Lleva el torso desnudo y un pantalón corto, igual un bañador, no lo veo bien. Está descalzo, me da la sensación. Pienso que seguramente habrá practicado unos largos. Las fiestas de la Mercè son la semana que viene. Fantaseo que quizá se trate de un nadador entrenándose para la travesía a nado del puerto.

Los dos entran ahora en el mismo plano. Algo extraño sucede: el corredor se abalanza sobre el nadador y le quita el móvil de la mano de un rápido zarpazo. Ensimismado, seguramente en su conversación telefónica, no se ha dado ni cuenta de que un descuidero se le acercaba con aviesas intenciones. Se levanta rápido, como si un resorte lo eyectase de la arena. Se ha puesto de pie en menos de un segundo. Se enfrenta al ladrón. Ambos parecen jóvenes, cercanos a la treintena. Se ha entablado una lucha entre los dos. En principio, por lo que puedo apreciar a través del móvil, pues sigo grabando, ninguno de los dos es un experto luchador. Muchos golpes acaban en el aire, se agarran y golpean, se caen y se levantan. Mucho aspaviento. La lucha parece estar igualada, sin embargo, el nadador —sí, está descalzo, aprecio ahora— se ha resbalado tras un último forcejeo. El ladrón aprovecha para iniciar una huida, vuelve la vista atrás y ve que su adversario ha hincado la rodilla y tiene dificultades para volver a levantarse. Gira ahora todo su cuerpo y lanza una patada letal en pleno rostro del indefenso nadador, que cae de bruces como un pelele. El atracador se acerca y remata su agresión con una sucesión de patadas sobre el cuerpo vencido. Me asusto y me oculto detrás de una de las palmeras del paseo. Sigo grabando. Es superior a mí.

El descuidero da por terminado su ataque y deja a su víctima tumbada, en la arena, boca abajo. Se aleja y justo antes de salir del plano mira hacia donde estoy yo. Me sobresalto. Es una mirada dura, de hijoputa convencido y orgulloso, una mirada falta de compasión o de arrepentimiento por lo que acaba de hacer. Nunca olvidaré esa mirada.

Dejo de grabar de inmediato y me guardo el móvil.

Viene hacia mí.

© Andrés Gusó

Publicado por guso en Relatos
LAS MELLIZAS

LAS MELLIZAS

El vacío arañaba sus tripas. El dolor de la hambruna impedía el sueño reparador. Engañaban al hambre con aire, algo de agua y migas de pan duro. Tereza Kaloyanova no podía permitir por más tiempo que las mellizas, sus adorables hijas en la flor de la vida, siguieran sufriendo la falta de alimentos, la falta de ingresos, la falta de todo. La de un padre que proveyera de lo esencial. La de un país seguro en el que desarrollarse. El suyo estaba en la ruina y ellas tres en la más absoluta inanición.

Decidió llamar al tío de sus hijas, Tzvetan Kaloyanov, que trabajaba en España. Siempre les decía que le iba muy bien, que había montado un restaurante de carretera en un nudo de caminos y que no le faltaban clientes, principalmente conductores, que paraban en su local a degustar su productos de primera calidad a buen precio. Ese era el secreto, le decía siempre a su hermana, las tres bes: bueno, bonito y barato. Lo difícil era hacérselo entender cuando se lo traducía al búlgaro, pues no eran bes sino des y uves. Aun así Tereza comprendió lo principal: a su hermano le iba bien. Le enviaría a sus sobrinas para que las colocara (tanto si podía como si no) en su casa de comidas. Pensó que así al menos comerían caliente cada día, aunque no les pagase un sueldo al principio por trabajar con él, las tripas dejarían de repicar. Las chicas estaban en plena adolescencia y necesitaban alimentarse para permanecer sanas y crecer bellas. Ya lo eran de nacimiento, pero la pertinaz carestía las estaba marchitando.

Hanna y Greta llegaron famélicas a Calatayud. El viaje desde Sofía fue agotador. Cuatro jornadas de traqueteo en una desvencijada furgoneta junto a otras tres chicas y un hosco conductor. Sólo pararon para hacer sus necesidades. Dormían (poco) y comían  (menos) en el vehículo. El complejo al que llegaron como último destino constaba de una gasolinera, un bar restaurante, un hotel y un club de alterne. Estaba situado a las afueras de la ciudad aragonesa, en el cruce de varias carreteras nacionales. Su principal clientela eran camioneros en tránsito y lugareños de poblaciones cercanas que se acercaban al caer la noche.

Nada más llegar su tío Tzvetan les quitó el pasaporte y las confinó en un cuartucho del edificio dedicado a burdel. Se fijó con desagrado y decepción en su aspecto desnutrido y macilento, por lo que decidió engordarlas algo antes de subastar su virginidad entre los mejores clientes. Cada día las escoltaba del edificio donde estaban encerradas a la cocina del restaurante. Allí les servía abundante comida con el objetivo de que aquellos cuerpos recuperaran redondeces lo suficientemente apetecibles. En su afán comercial decidió que no estaría de más comenzar por hacerlas trabajar gratis. A Hanna le asignó el servicio de barra y a Greta la puso como pinche de cocina. Durante el día ambas trabajaban en el restaurante. Por las noches eran recluidas en los bajos del burdel hasta el día siguiente. Los días eran monótonos, duros y tristes. Antes de dormir las mellizas hablaban sobre su tremenda situación. Sobre su mala fortuna y la maldad de su tío, que las maltrataba tanto sicológicamente como físicamente. Les gritaba todo el tiempo. Les llamaba inútiles y cosas peores. Les hacía trabajar a destajo, sin descanso, hasta que caía la noche. Se estaban volviendo locas. Temían no fueran a perder la cabeza. Estaban agotadas y discutían sobre cómo escapar de aquel complejo. Llegaron a la conclusión de que huir de allí era imposible, pues en todo momento estaban vigiladas, bien por su tío o bien por sus secuaces.

Greta decidió triplicar la ingesta de alimentos, además de elegir los más grasientos y azucarados, con el objetivo de alcanzar rápidamente un sobrepeso que redujera su atractivo. Su empleo en la cocina le facilitaría el acopio de comida. Su hermana Hanna todo lo contrario: permanecer lo más escuálida posible, por lo que evitó comer viandas calóricas y redujo al mínimo la ingesta del resto de comestibles. El trabajo en la barra, bastante físico y ajetreado, le ayudaría a quemar con rapidez las pocas calorías que ingeriría.

Pasaba el tiempo y Tzvetan veía consternado como su sobrina Hanna seguía esquelética, toda huesos y piel. Ni un gramo de grasa. Rostro exangüe de pómulos salientes. Pelo sin vida ni lustre. Ausencia de curvas. Una escoba invertida. Ella disimulaba y comía cuando su tío estaba presente para a continuación encerrarse en el baño a vomitar todo lo trasegado. La preocupación de su tío por el engorde de Hanna le permitió a Greta pasar desapercibida. En dos semanas había triplicado su peso. Corría el riesgo de que la quisiera subastar cuanto antes si se fijaba en ella y en cómo se había redondeado. Curvas bien torneadas y atractivas. Su pecho recuperó la grasa y la tersura. Mejillas sonrosadas, ojos brillantes. Su bello rostro emanaba salud. Evitaba cruzarse con él. En cuanto lo veía se escondía en la bodega, bajo el banco de trabajo. Un día incluso se ocultó en la gran nevera industrial. Pasó mucho frío. Más que en las heladas montañas de los Balcanes, patria que añoraba a pesar de sus malos recuerdos de calamidades y pobreza.

No pudieron, sin embargo, evitar la codicia de su tío y las prisas por lucrarse a su costa. Una noche Tzvetan se presentó sin avisar en su cuarto. A una la sorprendió vomitando y a la otra comiéndose una tarta de chocolate. El tío se frotó la calva, de atrás hacia delante y viceversa, como los monos ante una situación que no comprenden. Él tampoco entendió bien qué sucedía, pero tenía claro su objetivo. Les entregó unos vestidos cortos y ajustados, unos zapatos de tacones imposibles y les conminó a ponérselos. A una no le entraba y a la otra le sobraba por todas partes. No se dio por vencido y regresó con un ancho vestido de punto para Greta y un bodi de la talla más pequeña que encontró para Hanna. Las mellizas reconocieron la amenaza de verse obligadas a acostarse con desconocidos si no hacían algo pronto. El cerebro de Hanna (sin duda, la más espabilada de las dos), a pesar de estar falta de calorías, seguía procesando estratagemas con rapidez. Le dijo a su hermana que le siguiera la corriente y la secundara en todo lo que le iba a proponer a su tío. Greta asintió repetidamente.

La más delgada de las mellizas le dijo a su tío que estaban muy asustadas porque no sabían cómo debían actuar ante los clientes. Que nunca antes habían estado con un chico y que le agradecerían que les enseñase qué debían hacer y decir. Tzvetan volvió a acariciar su calva. De acuerdo, les dijo.

Les ordenó que se quitasen con lentitud la ropa que se acababan de poner. Una vez desnudas les ordenó que se tumbaran junto a él en la cama. No consideró ni por un momento estrenarlas: su codicia era superior a su lujuria. Aun así, pensó, un buen magreo no sólo les vendría bien como aprendizaje, sino que también podría, de paso, reducirle el deseo sexual que lo agitaba. Una vez tumbados Tzvetan dirigió la cabeza de Greta hacia su miembro enhiesto y le explicó lo que debía hacer. Ella se aplicó a la tarea encomendada. Justo en ese momento Hanna gritó: ¡Ahora! Y propinó a su tío un cabezazo en la nariz. Su hermana cercenó de una rabiosa dentellada el pene y lo escupió al suelo. El tío aturdido por el golpe en la nariz y el dolor de su entrepierna se dobló sobre si mismo entre tremendos dolores. Ambas hermanas se levantaron de la cama y cogieron la jofaina de grueso latón en la que hacían cada día sus necesidades. La agarraron entre las dos por sus extremos y golpearon con fuerza sobre la cabeza de su tío hasta que perdió completamente el conocimiento. Greta se vistió rápidamente con su ropa habitual y fue a la cocina a proveerse de afilados cuchillos. Hanna se quedó de guardia sin dejar de agarrar la jofaina frente al cuerpo inerte de su tío.

Lo descuartizaron. Emplearon toda la noche en la cruenta tarea pero consiguieron trocear a Tzvetan en pedazos y meterlo en varias bolsas. Limpiaron la sangre. Quitaron las sábanas e hicieron una lavadora. Tiraron las bolsas al contenedor frente al restaurante. Cuando regresaban al edificio vieron al camión de la basura acercarse. Nadie lo iba a encontrar y serían libres de irse a otro lugar. Recogieron sus escasísimas pertenencias, robaron la recaudación de varios días que su tío guardaba en su cuarto, bajo el colchón, como hacía en Bulgaria y se marcharon en el primer tren que paró en la estación: un AVE destino Madrid.

ÓAndrés Gusó 2019

Publicado por guso en Relatos
RÓTULA

RÓTULA

1. Una bandeja fuera de lo común

Madrid, 21 de octubre de 2016, viernes por la tarde

«Un cadáver no miente» decía siempre su jefe. E insistía ante los estudiantes: «Los muertos siempre dicen la verdad, pero hay que saber preguntar».

Amelia Cantón, recordaba aquellas palabras de su actual jefe cuando asistía a sus clases en la vecina facultad, hacía ya una eternidad. Llevaba ya más de veinte años ejerciendo, rodeada de cadáveres todos los días, como médico forense en el Servicio de Patología Forense en el Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. No se sentía ni intimidada, ni angustiada, ni mucho menos incómoda por verse las caras cada día con la muerte y sus resultados: los cadáveres que yacían sobre las mesas de zinc en la sala de autopsias a la espera de revelar sus secretos.

Sin embargo, un macabro e inquietante hallazgo en las estanterías de un supermercado iba a trastocar su impasibilidad ante la muerte.

Prácticamente la totalidad de los seres humanos se sienten inquietos y desubicados en un cementerio, y no digamos en un tanatorio o en una sala de autopsias. A Amelia, en cambio, le gustaba su profesión.

Esos cuerpos inertes, fríos, lívidos y la mayoría demacrados, le contaban a Amelia sus respectivas historias quedamente. Casi la totalidad de los que requerían una autopsia habían sufrido una muerte o violenta o fuera de la norma, entendiendo como norma, el morir en un hospital de una larga enfermedad o, en el mejor de los casos, en casa rodeado de los suyos.

            Hoy se sentía especialmente contenta pues se acercaba un fin de semana y no tenía guardia. Se podría ir unos días a la sierra, al chalé que con tanto esfuerzo se habían comprado hacía cinco años. Se aprovecharon de los buenos precios derivados de la crisis financiera e inmobiliaria que asoló España.

El pronóstico del tiempo estaba totalmente desalineado con las fechas del otoño en las que se encontraban: subirían las temperaturas, despejado y con mucho sol durante todo el fin de semana. Ideal para salir a por setas, ya que desde el Pilar había estado lloviendo regularmente, inmejorable para comerse un buen cocido madrileño con la familia y sestear luego ante la chimenea.

            Al salir del tanatorio decidió pasarse por el nuevo supermercado que acaban de abrir a dos pasos de su casa, en el centro de Madrid. Tenía muy buena pinta y apuntaba a satisfacer sus cada vez mayores deseos de comida saludable. Era un supermercado que se autodenominaba como «Saludable y Ecológico». La forense decidió pertrecharse, con todo lo necesario para  hacer un buen cocido, en ese nuevo súper.

            Llegó a su casa bien cargada de bolsas, contenían todo lo imprescindible para su cocido y muchas más viandas, unas necesarias y otras fruto de sus caprichos y las más, de las técnicas de exposición del supermercado, que hábilmente lograrán, casi siempre, aumentar el ticket de compra inicialmente previsto. Le daba igual, el estipendio estaba acorde con las expectativas de vida saludable y placentera que se regalarían ese fin de semana. Iban a venir los hijos, con sus respectivas parejas, y lo mejor de todo: su primer nieto, recién nacido. En total serían siete más el bebé.

            La forense decidió repasar las cantidades de lo adquirido no fuera a ser que hiciese corto. Últimamente estaba acostumbrada a cocinar sólo para tres, y siempre de forma muy liviana. Siete era ya un número considerable de comensales.

Repasó las verduras y la carne: todo bien y en cantidad suficiente. Cuando les tocó el turno a las bandejas con los huesos algo llamó su atención. No podía ser, se extrañó. Se trataba de una de las dos bandejas que contenían el hueso de rodilla y el de caña blanco. Ese hueso de rodilla, esa rótula. Eso no es ternera, observó.

            Lo miró y remiró. Cuando iba a quitarle el film transparente, que lo cubría y sujetaba a la blanca bandeja, para verlo bien, decidió que era mejor dejarlo todo como estaba, por si sus sospechas se confirmaban. La etiqueta especificaba rodilla y caña de ternera, envasadas por la misma marca del supermercado en origen, con fecha de caducidad a finales de octubre de dos mil dieciséis. Comparó de nuevo las dos bandejas de huesos de caña y rodilla que había adquirido. Una bandeja presentaba huesos con morfología típica de la ternera, mientras en la otra el hueso de rodilla no parecía de ternera. Hay algo que no encaja, se dijo.

            Se dirigió con esa inquietante bandeja en la mano a su estudio: un pequeño cuarto repleto de libros en tres de sus cuatro paredes, una silla encajada bajo una minúscula mesa, igualmente tomada por un montón de libros apilados, con un mínimo espacio libre donde, en su día, encajó un ordenador bastante antiguo. La pared libre albergaba un armario empotrado. Una tabla para planchar en mitad de la habitación esperaba a un montón de ropa, doblada y lista, sobre un sofá cama destinado a acoger a los invitados imprevistos.

Inició el ordenador y esperó largo rato a que presentara todas sus opciones. Una vez todas en pantalla se dio cuenta que la red wifi no estaba conectada y no podía navegar por Google. Empujó enfadada el viejo PC hacia el fondo de la mesa y se levantó a por un libro que había heredado de su padre: el Spateholz de tres tomos de mil novecientos setenta y cinco. Aquel atlas contenía unas excelentes ilustraciones a todo color. Las había repasado cientos de veces durante la carrera.

Amelia fue directa al tomo uno en busca del capítulo dedicado al aparato locomotor. Allí estaba lo que buscaba: varias ilustraciones de una rodilla.

            Un estremecimiento recorrió su espina dorsal, la bandeja que reposaba sobre su mesa de estudio contenía, no sabía por qué, ni como había acabado ahí,  una rodilla de una morfología exacta a la que mostraba la ilustración del viejo Atlas de Anatomía Humana de W. Spateholz.

            Tomó su móvil y buscó en contactos el número de su jefe y antiguo profesor, el Doctor Rubén Hidalgo, médico forense, Jefe del Servicio de Patología Forense del Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. Pulsó repetidamente sobre el número que mostraba la pantalla.

––«¡Amelia! ¿Qué tal? —contestó Rubén ––. ¿Qué pasa para que me llames un viernes a última hora? ¿Te has arrepentido del fin de semana? ¿Me lo quieres cambiar?»

––Hola Rubén. ¿Te pillo en mal momento?

––«No. Tranquila. Acabo de entrar en casa y me estaba cambiando. Dime. ¿Qué hay?»

––¿Vas mañana al Anatómico? Tienes guardia. ¿No?

––«Sí, no me he podido escabullir como tú. Y eso que soy el jefe. ¿Por qué?»

            Amelia comenzó a relatarle con todo lujo de detalles lo que se había encontrado al examinar las bandejas de carne para su cocido. Se detuvo en explicarle los motivos por los que comparó ambas bandejas. Su extrañeza por la diferencia morfológica de las rodillas.

––«¿Estás completamente segura? Es algo, no sé, estrambótico. Irreal, y si resulta que estás en lo cierto, es un hallazgo pero que muy, muy inquietante».

––Hombre, Rubén. Quizás no sepa distinguir una rodilla de ternera de una de potro o del codillo de un gorrino, pero humanas he visto y diseccionado unas cuantas.

––«Ya, ya lo sé. Pero aún así. No dudo de tu preparación y experiencia, Amelia».

––Y además… —hizo una pausa dramática para convencer a su jefe ––. No creo que a las terneras se les hagan habitualmente artroscopias para suturar los meniscos.

––«¿Cómo? ¿Artroscopia?  ––se extrañó Rubén––. ¿Qué has visto?»

––Una sutura en el menisco interno. Se aprecia bastante bien. Eso fue lo que me llamó la atención y me estremeció, en serio. Y mira que he visto de todo en nuestra profesión. Pero esto lo supera con creces. Estoy que no…

            Rubén la interrumpió pidiéndole que se calmara y citándola al día siguiente a primera hora.

––«Nos vemos en el Anatómico a las nueve en punto. No abras la bandeja y guárdala en la nevera. Si estás en lo cierto habrá que llamar a la policía».

––Sí, claro. Ya lo había pensado. Por eso no la he abierto y sugiero que mañana tampoco lo hagamos.

––«Sí. Desde luego. Inspección ocular y a partir de ahí ya vemos. ¿Vale?»

––Vale. Gracias Rubén.

––«Procura descansar. No le des más vueltas. Olvídate hasta mañana. Bueno, procúralo».

––Haré lo que pueda. Y si me da muchas vueltas, pues Lorazepam y listo ––zanjó Amelia.

«Un cadáver no miente» decía siempre su jefe. E insistía ante los estudiantes: «Los muertos siempre dicen la verdad, pero hay que saber preguntar».

Amelia Cantón, recordaba aquellas palabras de su actual jefe, cuando asistía a sus clases en la vecina facultad, hacía ya una eternidad. Llevaba ya más de veinte años ejerciendo, rodeada de cadáveres todos los días, como médico forense en el Servicio de Patología Forense en el Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. No se sentía ni intimidada, ni angustiada, ni mucho menos incómoda por verse las caras cada día con la muerte y sus resultados: los cadáveres que yacían sobre las mesas de zinc en la sala de autopsias a la espera de revelar sus secretos.

Sin embargo, un macabro e inquietante hallazgo en las estanterías de un supermercado iba a trastocar su impasibilidad ante la muerte.

Prácticamente la totalidad de los seres humanos se sienten inquietos y desubicados en un cementerio, y no digamos en un tanatorio o en una sala de autopsias. A Amelia, en cambio, le gustaba su profesión.

Esos cuerpos inertes, fríos, lívidos y la mayoría demacrados, le contaban a Amelia sus respectivas historias quedamente. Casi la totalidad de los que requerían una autopsia habían sufrido una muerte o violenta o fuera de la norma, entendiendo como norma, el morir en un hospital de una larga enfermedad o, en el mejor de los casos, en casa rodeado de los suyos.

            Hoy se sentía especialmente contenta pues se acercaba un fin de semana y no tenía guardia. Se podría ir unos días a la sierra, al chalé que con tanto esfuerzo se habían comprado hacía cinco años. Se aprovecharon de los buenos precios derivados de la crisis financiera e inmobiliaria que asoló, y continua, España.

El pronóstico del tiempo estaba totalmente desalineado con las fechas del otoño en las que se encontraban: subirían las temperaturas, despejado y con mucho sol durante todo el fin de semana. Ideal para salir a por setas, ya que desde el Pilar había estado lloviendo regularmente, inmejorable para comerse un buen cocido madrileño con la familia y sestear luego ante la chimenea.

            Al salir del tanatorio decidió pasarse por el nuevo supermercado que acaban de abrir a dos pasos de su casa en el centro de Madrid. Tenía muy buena pinta y apuntaba a satisfacer sus cada vez mayores deseos de comida saludable. Era un supermercado que se autodenominaba como «Saludable y Ecológico». La forense decidió pertrecharse, con todo lo necesario para  hacer un buen cocido, en ese nuevo súper.

            Llegó a su casa bien cargada de bolsas del nuevo supermercado, contenían todo lo imprescindible para su cocido y muchas más viandas, unas necesarias y otras fruto de sus caprichos y las más, de las técnicas de exposición del supermercado, que hábilmente lograrán, casi siempre, aumentar el ticket de compra inicialmente previsto. Le daba igual, el estipendio estaba acorde con las expectativas de vida saludable y placentera que se regalarían ese fin de semana. Iban a venir los chicos, con sus respectivas parejas, y lo mejor de todo: su primer nieto, recién nacido. En total serían siete más el bebé.

            La forense decidió repasar las cantidades de lo adquirido no fuera a ser que hiciese corto. Últimamente estaba acostumbrada a cocinar sólo para tres, y siempre de forma muy liviana. Siete era ya un número considerable de comensales.

Repasó las verduras y la carne: todo bien y en cantidad suficiente. Cuando les tocó el turno a las bandejas con los huesos algo llamó su atención. No podía ser, se extrañó. Se trataba de una de las dos bandejas que contenían el hueso de rodilla y el de caña blanco. Ese hueso de rodilla, esa rótula. Eso no es ternera, observó.

            Lo miró y remiró. Cuando iba a quitarle el film transparente, que lo cubría y sujetaba a la blanca bandeja, para verlo bien, decidió que era mejor dejarlo todo como estaba, por si sus sospechas se confirmaban. La etiqueta especificaba rodilla y caña de ternera, envasadas por la misma marca del supermercado en origen, con fecha de caducidad a finales de octubre de 2016. Comparó de nuevo las dos bandejas de huesos de caña y rodilla que había adquirido. Una bandeja presentaba huesos con morfología típica de la ternera, mientras en la otra el hueso de rodilla no parecía de ternera. Algo no encaja en esta maldita bandeja, se dijo.

            Se dirigió con esa inquietante bandeja en la mano a su estudio: un pequeño cuarto repleto de libros en tres de sus cuatro paredes, una silla encajada bajo una minúscula mesa igualmente tomada por un montón de libros apilados, con un mínimo espacio libre donde, en su día, encajó un ordenador bastante antiguo. La pared libre albergaba un armario empotrado. Una tabla para planchar en mitad de la habitación esperaba a un montón de ropa, doblada y lista, sobre un sofá cama destinado a acoger a los invitados imprevistos.

Inició el ordenador y esperó largo rato a que presentara todas sus opciones. Una vez todas en pantalla se dio cuenta que la red wifi no estaba conectada y no podía navegar por Google. Empujó enfadada el viejo PC hacia el fondo de la mesa y se levantó a por un libro que había heredado de su padre: el Spateholz de tres tomos de mil novecientos setenta y cinco. Aquel atlas contenía unas excelentes ilustraciones a todo color. Las había repasado cientos de veces durante la carrera.

Amelia fue directa al tomo uno en busca del capítulo dedicado al aparato locomotor. Allí estaba lo que buscaba: varias ilustraciones de una rodilla.

            Un estremecimiento recorrió su espina dorsal, la bandeja que reposaba sobre su mesa de estudio contenía, no sabía por qué, ni como había acabado ahí,  una rodilla de una morfología exacta a la que mostraba la ilustración del viejo Atlas de Anatomía Humana de W. Spateholz.

            Tomó su móvil y buscó en contactos el número de su jefe y antiguo profesor, el Doctor Rubén Hidalgo, médico forense, Jefe del Servicio de Patología Forense del Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. Pulsó repetidamente sobre el número que mostraba la pantalla.

––«¡Amelia! ¿Qué tal? —contestó Rubén ––. ¿Qué pasa para que me llames un viernes a última hora? ¿Te has arrepentido del fin de semana? ¿Me lo quieres cambiar?»

––Hola Rubén. ¿Te pillo en mal momento?

––«No. Tranquila. Acabo de entrar en casa y me estaba cambiando. Dime. ¿Qué hay?»

––¿Vas mañana al Anatómico? Tienes guardia. ¿No?

––«Sí, no me he podido escabullir como tú. Y eso que soy el jefe. ¿Por qué?»

            Amelia comenzó a relatarle con todo lujo de detalles lo que se había encontrado al examinar las bandejas de carne para su cocido. Se detuvo en explicarle los motivos por los que comparó ambas bandejas. Su extrañeza por la diferencia morfológica de las rodillas.

––«¿Estás completamente segura? Es algo, no sé, estrambótico. Irreal, y si resulta que estás en lo cierto, es un hallazgo pero que muy, muy inquietante».

––Hombre, Rubén. Quizás no sepa distinguir una rodilla de ternera de una de potro o del codillo de un gorrino, pero humanas he visto y diseccionado unas cuantas.

––«Ya, ya lo sé. Pero aún así. No dudo de tu preparación y experiencia, Amelia».

––Y además… —hizo una pausa dramática para convencer a su jefe ––. No creo que a las terneras se les hagan habitualmente artroscopias para suturar los meniscos.

––«¿Cómo? ¿Artroscopia?  ––se extrañó Rubén––. ¿Qué has visto?»

––Una sutura en el menisco interno. Se aprecia bastante bien. Eso fue lo que me llamó la atención y me estremeció, en serio. Y mira que he visto de todo en nuestra profesión. Pero esto lo supera con creces. Estoy que no…

            Rubén la interrumpió pidiéndole que se calmara y citándola al día siguiente a primera hora.

––«Nos vemos en el Anatómico a las nueve en punto. No abras la bandeja y guárdala en la nevera. Si estás en lo cierto habrá que llamar a la policía».

––Sí, claro. Ya lo había pensado. Por eso no la he abierto y sugiero que mañana tampoco lo hagamos.

––«Sí. Desde luego. Inspección ocular y a partir de ahí ya vemos. ¿Vale?»

––Vale. Gracias Rubén.

––«Procura descansar. No le des más vueltas. Olvídate hasta mañana. Bueno, procúralo».

––Haré lo que pueda. Y si me da muchas vueltas, pues Lorazepam y listo ––zanjó Amelia.

Publicado por guso en Extractos
SECUESTRO

SECUESTRO

Llevo varias horas observando al bajito. Culitrón le llaman. Un mote que le va. Desde que me trajeron aquí a la fuerza es el único que parece razonable, y en cierta manera, me defiende. Me extraña que, tratándose de un secuestro, me permitan escuchar todo lo que dicen. Igual es una estrategia para desmotivarme, o es que el lugar es tan reducido, que no queda otra que estar todos apiñados en esta choza a las afueras de Maracaibo. Cómo se me ocurrió venir al culo del mundo, a esta ciudad en ruinas. Todo por el petróleo barato. Todo por la compañía que me paga un sueldo imposible en España.

Aquí estamos en comunión, expectantes a lo que ocurra en la otra parte de la línea telefónica. Allá lejos, en Londres, a siete mil ochocientos kilómetros, está la respuesta a mi liberación o a mi extinción. Un miedo avasallador me domina y no me deja pensar con claridad. Conozco a mi empresa. No pagarán un rescate tan alto. Dos millones. Imposible. No es una empresa familiar sino una multinacional. Ya está preestablecido para estos casos: tres anualidades más la actual para un directivo de mi nivel; como si fuese un despido improcedente. Ni un centavo más. Aunque me troceen, no cederán. Son expertos en mantener el plan establecido y acordado en su día. No tienen alma. Nos pagan para no tenerla. Estoy perdido a menos que me espabile y logre sacar a estos desgarramantas de su error y les convenza de la cifra real que pueden conseguir. El más alto no me escuchó cuando se lo dije. Bulldog, le dicen. Me pareció frío, calculador y ambicioso. Ni siquiera me miró. Solo dijo: «Tú te callas». Tan categórico fue, que no he vuelto a abrir la boca. Mi única esperanza es el bajito: se le ve maleable.

Ahora que Bulldog y los otros dos salieron a fumar es mi oportunidad. Voy a tratar de hablar con él. Está sólo. Le miro, le hago señas. Me devuelve la mirada. No reacciona. No se mueve de donde está. Me ignora. Insisto. Ya me mira, por fin.

A ver ahora qué vainas quiere este españolito cagón. A ver si se cree que esto es un bar y yo su mesonero. Me parece que este güevón me quiere comer la oreja. Un simple empleado, dice. Es el director de algo en la petrolera, que lo hemos investigado bien. Que no nos van a pagar lo que pedimos, dice. Que es más del doble. Que tiene un contrato en el que se especifica la cantidad para casos de secuestro. Setecientos mil, dice.

Me da la risa. Este güevón se cree que nací ayer. Eso no puede ser, a nadie le hacen un contrato así. Se va a enterar este roñoquero. Primero un pescozón y si no reacciona un culatazo, pues.

Sigue en sus trece. Parece sincero el güevon. En realidad tiene mucho que perder como para mentir. Igual nos pasamos con la cifra. Siempre será mejor un millón que ninguno, y mejor aún: un muerto menos en la conciencia. Al menos para mí, pero ese Bulldog es un ambicioso. Es un realengo duro y cabrón. Mucha calle y mucho plomo balaceado tiene. Un malparido por el sobaco que no escucha a nadie. Cualquiera le dice.

Y el teléfono sin sonar. Ya desespera. Una hora de demora. Se lo están pensando mucho estos inglesitos. Hijos de la Gran Bretaña, les dicen. No llegaron a conquistar medio mundo siendo unos blandos, bien matones fueron, que no quedó un indio en el norte. Igual el españolito tiene razón y…

Por fin, ya suena.

Ya voy. No lo dejan fumar a uno tranquilo. Espero que estos mamagüevos lo hayan pensado bien y cumplan. Un par de tonos más. Que se pongan nerviosos.

Comienza la rutina: comprobar que su muchacho está bien. Quieren hablar con él. Me lo temía. Bah, lo normal.

—Tú, ponte. Como digas algo de más te corto la lengua, cabrón.

Estuvo bien el pana. Convincente.

Sigue la rutina: negocian a la baja como si estuviéramos en un zoco árabe. Regatean con la vida de su directivo. Cómo se atreven: nos ofrecen menos de la mitad de lo que les pedimos. Estos mojoneros tacaños quieren jugar conmigo. No saben con que gallo pelean. No conocen a Bulldog. A los chinos les tuvimos que cortar orejas y lenguas. Parece que estos inglesitos son igual de comemierdas. Igual si fuera inglés, en lugar de español, hubiesen ofrecido más. Racistas de mierda.

Más rutina: dos orejas de momento. Habrá que negociar fuerte, que vean que no nos arrugamos. Que vamos en serio… Que se las corte Culitrón, que se vaya curtiendo, ese babieco.

Qué me dice, qué me cuenta…¡Este imbécil estuvo hablando con el rehén! Estoy rodeado de tarados y estúpidos. Joder. Como me llaman Bulldog que ese culito se va a enterar. Que me lo agarren. Así, bien.

—Le vamos a enviar sus orejitas, y, como contribución añadida, tu lengüecita también  Ya verás cómo pagan, Culitrón. Ya verás cómo lo pagan todito todo, mamón.

© Andrés Gusó

Publicado por guso en Relatos

VODKA

Hace poco más de dos años que cayó el muro de Berlín y que el capitalismo salvaje entrara a saco en la antigua Unión Soviética. Me encuentro en el mercado de abastos de Volgogrado, llamada Stalingrado hasta hace unos días. Busco distribuidor para los productos de la destilería para la que trabajo, una multinacional escocesa que acaba de adquirir una embotelladora a orillas del Volga, a cuatrocientos kilómetros al norte de esta importante ciudad.

            Pregunto en todos los puestos en los que veo que venden vodka, que son la mayoría por cierto, por su proveedor. Todos me responden con el mismo nombre: los hermanos Aksionov, y un mismo lugar: aquí mismo, aquí abajo. Esto último no acabo de entenderlo del todo. Un tendero muy amable, orgulloso de poder ayudar a un extranjero occidental, se ofrece a acompañarme hasta el lugar que mencionan. Caminamos hacia una entrada pobremente iluminada. Me comenta algo sobre la mafia, sobre los hermanos Aksionov. La distribución en general ha caído en manos de la emergente mafia rusa, conformada por antiguos jefes del partido comunista, ex agentes de la KGB, militares y policías; en definitiva, los que mandaban y siguen mandando y los que tenían y siguen teniendo las armas. Mismos perros, distintos collares. Le pregunto, inocente de mí, si son peligrosos, me responde con un «normaln’yy», que traducido vendría a decir que lo más seguro, que lo normal, vamos.

            Estoy incumpliendo totalmente el protocolo de seguridad de mi empresa, el que nos obliga siempre a los occidentales —somos un atractivo objetivo— a ir acompañados por nuestro chofer guardaespaldas. Anatoly no podía aparcar y está dando vueltas alrededor del mercado. Me arriesgo, «solo voy a proponer un buen negocio a un hombre de negocios, qué me podría pasar», me digo para darme valor. Nos hemos adentrado en un laberinto subterráneo de callejuelas estrechas, con múltiples almacenes de bajo techo, mal iluminados y aire viciado. Mi guía me señala un almacén al fondo del pasillo y se marcha. Un larguirucho centinela está a poyado en el vano de la puerta.

            Me dirijo con mi mejor sonrisa y mi mejor ruso al cancerbero. Le informo quien soy y lo que busco. Me entiende a la primera, pero no dice nada. Suelto el nombre de Aksionov para que vea que sé a quien quiero ver específicamente. Sigue sin reaccionar. Insisto en que no querrá que su jefe pierda una buena ocasión de negocio. Parece que esto último ha surtido efecto pues me invita a acompañarlo.

            Me señala un cuartucho algo mejor iluminado y una silla en la que sentarme. No me puedo creer lo que veo: un montón de fajos de dólares americanos alineados sobre una gruesa mesa de madera sin barnizar. De pie junto a la mesa, un armario de doble cuerpo con cabeza de buey y ojos de lobo, totalmente vestido de cuero negro, pistola en sobaquera y cara de pocos amigos. Está escuchando la radio y fumando cigarrillos rusos: ovales, fuertes y de penetrante olor. No me saluda ni me presta la más mínima atención; aunque intuyo que me observa de soslayo. Me entretengo en calcular la suma de dinero que puede haber ahí encima. Cuento veintiséis montoncitos, con cinco fajos cada uno. Éstos parecen contener unos cincuenta billetes cada uno, no estoy seguro. Son billetes de cien dólares, eso seguro: todos tienen la cara de Benjamin Franklin en el anverso. Por lo menos, más de medio millón. Una pasada. Controlo un cierto temblor de mi pierna derecha. Siempre me pasa cuando me pongo tenso. Apoyo ambas manos sobre mis rodillas y espero. Respiro hondo con disimulo.

Un hombre alto y atlético entra en el cuarto. Va igualmente vestido de cuero negro y cubierto con una gorra con orejeras, que no se quitará en ningún momento. Me saluda en ruso. No me da la mano y se limita a decir su nombre y a sentarse. Se trata de Vladimir Aksionov, uno de los dueños del tinglado. No parece un mafioso, pero sin duda lo es. Le pregunto si habla inglés —prefiero hablar de negocios en esa lengua, que domino mejor y además me permite así ocultar mi buen nivel de ruso—. Me responde que sí y pasaremos a hablar en inglés, pero antes, mira feroz al armario de doble cuerpo y con una simple, pero enérgica, indicación de su barbilla, el señalado recoge todo el dinero. Lo acuna en su regazo sirviéndose de los largos faldones de su abrigo. Los pliega bien, como si fuera una suerte de hatillo, y desaparece raudo por la puerta.

            Sonrío como un idiota. Está de más, percibo. Comienzo a exponerle a lo que he venido. Aksionov me escucha atento. Asiente de vez en cuando. Hace alguna pregunta interesante. Me da la sensación de que es bastante inteligente. Creo que aprecia que lo que le propongo le puede resultar muy beneficioso.

            El grandullón cabeza de buey irrumpe en el almacén. Le dice algo al oído a Vladimir Aksionov. Éste asiente y me señala con su típico movimiento de barbilla. Dos manazas me levantan de mi asiento y me zarandean violentamente. El grandullón comienza a cachearme. Me quita el abrigo sin miramientos y lo palpa por todos lados, mientras me pregunta amenazante que dónde lo he escondido. «¿El qué?», le respondo en inglés. «Kakaya veshch?», traduzco al ruso, con lo que me descubro. Me pregunta por el dinero, por los dólares. Que les falta un fajo y creen, al parecer, que me lo he guardado yo en un descuido. «Nyet. Nyet dollarov», le respondo agitado. Sus manazas siguen su exploración, ahora por todos los rincones de mi tembloroso cuerpo, se detiene especialmente en mi entrepierna, luego desciende por los muslos, palmea pantorrillas y tobillos. Me indica que me saque las botas. Son de cordones, imposible haber guardado algo ahí, pero no discuto. Haciendo equilibrios comienzo a desatarlas.

            El centinela larguirucho entra a toda prisa en el cubículo. Le dice al boss maffi que ya han encontrado el fajo que faltaba. El gorila me libera al instante. Suelta un lo siento y se marcha por donde vino junto al larguirucho. Aksionov se disculpa en inglés por lo ocurrido. No me queda otra que poner buena cara.

Regresan los dos empleados con una botella de vodka helado y cuatro vasitos. Brindamos. En Rusia todo lo arreglan con vodka.

«Estoy en el negocio correcto», concluyo.

Publicado por guso en Relatos