Andrés Gusó

Lees y relees la citación. Es del Juzgado de Primera Estancia número cuatro de Badajoz. Nunca has estado en esa ciudad. Ni siquiera te detienes cuando vas de paso camino de Portugal. De Extremadura siempre prefieres ir a Cáceres y visitar la ciudad vieja, o a Mérida, y ver alguna representación, en verano, al aire libre, en su magnífico teatro romano. Ahí visteis Antígona de Sófocles, ¿te acuerdas? Con la Machi. Le comentaste a tu acompañante que, como siempre, estuvo magnífica. Te encanta el arte y los iconos románicos en particular. Eres una especialista reconocida en arte sacro. En principio, piensas que quizá te requieran para que hagas un peritaje de alguna obra sustraída u otra cosa relacionada con tu especialidad. Pero no.

Te han citado por un caso de homicidio. No, no te sorprendas. Léelo bien hasta el final, no te precipites, que siempre vas con prisas. Léelo despacio y comprenderás que el Juzgado no se ha equivocado contigo. Tú lo presenciaste. Incluso podríamos convenir que tuviste mucho que ver con la muerte y posterior desaparición del marido de tu hermana. De tu cuñado Ramón. Sí, de ese cabrón,  que anhelas que no descanse en paz, ni que Dios lo tenga en su gloria. Es más, esperas y deseas que Satanás lo haya cargado de cadenas y le haya asignado un puesto en sus calderas.

No te preocupes. Podrás argumentar que fue en defensa propia. Que tu hermana se defendió como pudo del violento ataque de Ramón. Que el muy puerco estaba fuera de sí, borracho como siempre, pegón como nunca. Incontrolable, desbocado como un caballo salvaje. Dando puñetazos y coces a tu hermana hasta hacerle perder el sentido, para luego ensañarse con ella y violarla sin oposición. Claro que ella también le dio bien antes, con el candelabro ese judío de los siete brazos que compró en Jerusalén. Lo primero que encontró a mano, con velas y todo. Ramón se llevó dos buenos golpetazos. No fueron suficientes para tumbarlo ¿verdad? Él se encabronó aún más, si cabe. Tanto que logró arrebatarle el candelabro y revertir la situación.

Cuando entraste en la habitación, Ramón estaba sobre ella, con los pantalones bajados, forzándola. Te estremeciste de asco y de rabia. Buscaste algo contundente con lo que golpear a tu cuñado. Algo con lo que detener aquella tropelía. Tu hermana se despertó a mitad de la violación, seguramente por la violencia en la cabalgada del indeseado jinete. Lo arañó, lo mordió en el brazo. Se defendió. Él resistió y continuó en su empeño violador hasta que tú, por fin, interviniste. Con el candelabro ensangrentado que yacía a los pies de tu hermana tendida en el suelo. Lo recogiste, con calma —sabías que Ramón no se había percatado de tu presencia— y lo sujetaste con fuerza con ambas manos. Lo elevaste sobre tu cabeza y lo bajaste con decisión y precisión sobre la nuca de tu cuñado. Sonó como el crujido de un tronco ardiendo en la chimenea. Un crepitar. De vertebras. Ramón cesó en su deleznable empresa y cayó sobre un costado. Entre las dos conseguisteis quitárselo de encima a tu hermana. Le distéis la vuelta. Estaba grogui. Y entonces, tú sabes bien quien de las dos lo golpeó con aquel artilugio judío, una y otra vez, hasta desparramar la masa craneal sobre el suelo del salón.

Como Antígona y su hermana Ismene, vosotras también teníais que enterrar aquel cuerpo. No era vuestro hermano como en la obra, ni tampoco era tan noble vuestro gesto como el de la protagonista, pero aquel cadáver en la habitación era una prueba inculpatoria y diez años de cárcel para cada una, a menos que el jurado acepte legítima defensa y se reduzca a dos o a cero, incluso. Lo malo es que no llamasteis al 112. Ni a la policía. No existiría, en principio, la eximente de defensa propia.

Lo troceasteis en la cocina. Os llevó toda la noche y parte de la mañana del día siguiente. Tuviste que llamar al museo y mentir. Dijiste que estabas enferma. Con gripe.

Te has puesto nerviosa. Tú sabes bien el porque. No sabes si van a por tu hermana o a por ti. O a por ambas. La citación es algo vaga, sólo especifica día, hora y lugar. Aunque menciona también homicidio, te recuerdo. Léelo bien.

Ahora rememoras, te vienen más detalles.

Disgregasteis el cuerpo en bolsas de la basura negras. Lo esparcisteis por la Sierra de San Pedro. Unas en contenedores. Otras enterradas. Otras lanzadas con lastre al embalse de La Peña del Águila.

Hace diez años de esto. Ya no te acordabas ¿verdad?

Aunque un asesinato siempre se recuerda.

Te cambia para toda la vida.

Cuesta mucho olvidarlo en el trastero de la mente.

Siempre regresa, siempre aparece.

Como siempre aparecen los cadáveres.

Aunque sea a trozos.

© Andrés Gusó

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