Andrés Gusó

Me gusta esa hora de la mañana en la que el sol lucha contra la oscuridad y la vence. Sobre todo en verano. Amanece pronto y no necesito madrugar para apreciar el espectáculo, saborear la brisa marina a esas horas y prepararme para el húmedo calor, que Barcelona me obligará a soportar en un par de horas. Me he bajado a la playa. Enfrente el mar, y en la espalda, el ajetreo del tráfico.

Me siento en la acera a contemplar el Mediterráneo. Hoy está manso, como una balsa de aceite. Por mi derecha veo un corredor por la playa que se aproxima a gran velocidad desde el sur. Va vestido como un atleta: zapatillas de deporte, camiseta de vivos colores y pantalones elásticos negros muy ajustados. Es una estampa atractiva. Saco el móvil y comienzo a grabar.

            La playa estaría totalmente desierta sino fuera por el corredor y un joven sentado a unos veinte metros delante de mí. Está hablando por teléfono de cara al mar. Lleva el torso desnudo y un pantalón corto, igual un bañador, no lo veo bien. Está descalzo, me da la sensación. Pienso que seguramente habrá practicado unos largos. Las fiestas de la Mercè son la semana que viene. Fantaseo que quizá se trate de un nadador entrenándose para la travesía a nado del puerto.

Los dos entran ahora en el mismo plano. Algo extraño sucede: el corredor se abalanza sobre el nadador y le quita el móvil de la mano de un rápido zarpazo. Ensimismado, seguramente en su conversación telefónica, no se ha dado ni cuenta de que un descuidero se le acercaba con aviesas intenciones. Se levanta rápido, como si un resorte lo eyectase de la arena. Se ha puesto de pie en menos de un segundo. Se enfrenta al ladrón. Ambos parecen jóvenes, cercanos a la treintena. Se ha entablado una lucha entre los dos. En principio, por lo que puedo apreciar a través del móvil, pues sigo grabando, ninguno de los dos es un experto luchador. Muchos golpes acaban en el aire, se agarran y golpean, se caen y se levantan. Mucho aspaviento. La lucha parece estar igualada, sin embargo, el nadador —sí, está descalzo, aprecio ahora— se ha resbalado tras un último forcejeo. El ladrón aprovecha para iniciar una huida, vuelve la vista atrás y ve que su adversario ha hincado la rodilla y tiene dificultades para volver a levantarse. Gira ahora todo su cuerpo y lanza una patada letal en pleno rostro del indefenso nadador, que cae de bruces como un pelele. El atracador se acerca y remata su agresión con una sucesión de patadas sobre el cuerpo vencido. Me asusto y me oculto detrás de una de las palmeras del paseo. Sigo grabando. Es superior a mí.

El descuidero da por terminado su ataque y deja a su víctima tumbada, en la arena, boca abajo. Se aleja y justo antes de salir del plano mira hacia donde estoy yo. Me sobresalto. Es una mirada dura, de hijoputa convencido y orgulloso, una mirada falta de compasión o de arrepentimiento por lo que acaba de hacer. Nunca olvidaré esa mirada.

Dejo de grabar de inmediato y me guardo el móvil.

Viene hacia mí.

© Andrés Gusó

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