Andrés Gusó

Llevo varias horas observando al bajito. Culitrón le llaman. Un mote que le va. Desde que me trajeron aquí a la fuerza es el único que parece razonable, y en cierta manera, me defiende. Me extraña que, tratándose de un secuestro, me permitan escuchar todo lo que dicen. Igual es una estrategia para desmotivarme, o es que el lugar es tan reducido, que no queda otra que estar todos apiñados en esta choza a las afueras de Maracaibo. Cómo se me ocurrió venir al culo del mundo, a esta ciudad en ruinas. Todo por el petróleo barato. Todo por la compañía que me paga un sueldo imposible en España.

Aquí estamos en comunión, expectantes a lo que ocurra en la otra parte de la línea telefónica. Allá lejos, en Londres, a siete mil ochocientos kilómetros, está la respuesta a mi liberación o a mi extinción. Un miedo avasallador me domina y no me deja pensar con claridad. Conozco a mi empresa. No pagarán un rescate tan alto. Dos millones. Imposible. No es una empresa familiar sino una multinacional. Ya está preestablecido para estos casos: tres anualidades más la actual para un directivo de mi nivel; como si fuese un despido improcedente. Ni un centavo más. Aunque me troceen, no cederán. Son expertos en mantener el plan establecido y acordado en su día. No tienen alma. Nos pagan para no tenerla. Estoy perdido a menos que me espabile y logre sacar a estos desgarramantas de su error y les convenza de la cifra real que pueden conseguir. El más alto no me escuchó cuando se lo dije. Bulldog, le dicen. Me pareció frío, calculador y ambicioso. Ni siquiera me miró. Solo dijo: «Tú te callas». Tan categórico fue, que no he vuelto a abrir la boca. Mi única esperanza es el bajito: se le ve maleable.

Ahora que Bulldog y los otros dos salieron a fumar es mi oportunidad. Voy a tratar de hablar con él. Está sólo. Le miro, le hago señas. Me devuelve la mirada. No reacciona. No se mueve de donde está. Me ignora. Insisto. Ya me mira, por fin.

A ver ahora qué vainas quiere este españolito cagón. A ver si se cree que esto es un bar y yo su mesonero. Me parece que este güevón me quiere comer la oreja. Un simple empleado, dice. Es el director de algo en la petrolera, que lo hemos investigado bien. Que no nos van a pagar lo que pedimos, dice. Que es más del doble. Que tiene un contrato en el que se especifica la cantidad para casos de secuestro. Setecientos mil, dice.

            Me da la risa. Este güevón se cree que nací ayer. Eso no puede ser, a nadie le hacen un contrato así. Se va a enterar este roñoquero. Primero un pescozón y si no reacciona un culatazo, pues.

Sigue en sus trece. Parece sincero el güevon. En realidad tiene mucho que perder como para mentir. Igual nos pasamos con la cifra. Siempre será mejor un millón que ninguno, y mejor aún, un muerto menos en la conciencia. Al menos para mí, pero ese Bulldog es un ambicioso. Es un realengo duro y cabrón. Mucha calle y mucho plomo balaceado tiene. Un malparido por el sobaco que no escucha a nadie. Cualquiera le dice.

            Y el teléfono sin sonar. Ya desespera. Una hora de demora. Se lo están pensando mucho estos inglesitos. Hijos de la Gran Bretaña, les dicen. No llegaron a conquistar medio mundo siendo unos blandos, bien matones fueron, que no quedó un indio en el norte. Igual el españolito tiene razón y…

            Por fin, suena. 

Ya voy. No lo dejan fumar a uno tranquilo. Espero que estos mamagüevos lo hayan pensado bien y cumplan. Un par de tonos más. Que se pongan nerviosos.

            Comienza la rutina: comprobar que su muchacho está bien. Quieren hablar con él. Me lo temía. Bah, lo normal.

—Tú, ponte. Como digas algo de más te corto la lengua, cabrón.

            Estuvo bien el pana. Convincente.

            Sigue la rutina: negocian a la baja como si estuviéramos en un zoco árabe. Regatean con la vida de su directivo. Cómo se atreven: nos ofrecen menos de la mitad de lo que les pedimos. Estos mojoneros tacaños quieren jugar conmigo. No saben con que gallo pelean. No conocen a Bulldog. A los chinos les tuvimos que cortar orejas y lenguas. Parece que estos inglesitos son igual de comemierdas. Igual si fuera inglés, en lugar de español, hubiesen ofrecido más. Racistas de mierda.

Más rutina: dos orejas de momento. Habrá que negociar fuerte, que vean que no nos arrugamos. Que vamos en serio… Que se las corte Culitrón, que se vaya curtiendo, ese babieco.

Qué me dice, qué me cuenta…¡Este imbécil estuvo hablando con el rehén! Estoy rodeado de tarados y estúpidos. Joder. Como me llaman Bulldog que ese culito se va a enterar. Que me lo agarren. Así, bien.

—Le vamos a enviar sus orejitas, y, como contribución añadida, tu lengüecita también. Ya verás cómo pagan, Culitrón. Ya verás cómo lo pagan todito todo.

© Andrés Gusó

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