Andrés Gusó

Debido a mi sentido de la lealtad de sangre, me veo en esta pésima situación: corriendo descalzo por la nieve. Mi hermano me la ha jugado.

Llegamos a esta apartada dacha, mi jefe y sus dos guardaespaldas, el pasado lunes. Yo conduje. Soy su chófer y guardaespaldas ocasional. Mi fuerte es la conducción extrema, por mi pasado como chófer del jefe local de la KGB en el oblast de Saratov, en la época soviética. Un oblast viene a ser como una región y, entre otras cosas, sirve como división para los territorios mafiosos. Mi jefe actual, Oleg Ivanovich Korolev, es mi hermano mayor y también el boss maffi de la región. Oleg es el rey del transporte. En nuestro oblast nadie transporta nada sino paga un canon a mi hermano. Al igual que en el oblast vecino de Volgogrado, todo el mundo tiene que pagárselo a Dima Alexievich Osipov, a quien visitamos en su dacha y en la que permanezco desde el pasado lunes, en calidad de rehén. Estos cánones se disimulan en forma de seguros de transporte, en lo que lo único que se asegura es que los camiones no sufrirán ningún asalto, el resto de incidencias, averías o accidentes, no están cubiertos.

Nada más llegar a la dacha, los gorilas de Osipov nos pidieron amablemente que dejásemos la artillería en el mueble de la entrada, junto a las botas y abrigos. Nuestro anfitrión, al parecer, odia la nieve sucia y el barro, y las armas ajenas, claro. Yo entregué mi Jericho 941, como todos los demás, pero mantuve, oculta en el escroto desde que me bajé del coche, la pequeña Double Tap del calibre 45. Es un hábito que adquirí en la KGB. Es de titanio y más pequeña que un móvil, por ello no caben más de cuatro balas. Nos cachearon muy superficialmente, dejando la entrepierna fuera de la zona de tocamientos. Aficionados.

Pasamos todos juntos a una sala grande presidida por una chimenea rodeada de varios sofás. En uno de ellos permanecía sentado el boss maffi local. Se levantó y saludó a mi jefe exclusivamente; a los demás nos ignoró. Cada uno se colocó donde creyó oportuno, evidentemente sin ninguna estrategia de defensa al carecer de nuestros hierros. No fue mi caso: me coloqué a menos de un metro de la espalda de mi jefe y frente a su oponente. Era mi deber de hermano.

La propuesta de mi hermano a Dima Osipov, y que yo pude escuchar perfectamente, consistía en transportar tabaco desde nuestro oblast hasta el suyo, venderlo y adquirir alguna otra mercancía, aún por determinar, para no volver de vacío. Osipov le explicó las condiciones: su canon por camión era el habitual del tres por ciento del valor de la mercancía.

Acordaron un canon por camión de bajada y otro de subida distintos, éste último solo del uno por ciento, pues acordaron que mi jefe le compraría pieles de Astracán a una de sus empresas, y por ese motivo Osipov le hacía un descuento en lo relativo al canon de transporte pero no a la mercancía.

Todo parecía acordado ya en cuanto a cánones y precio de las pieles, sin embargo, surgió una condición ineludible sobre el pago a crédito del Astracán: necesitaban una garantía de cobro. Al ser una mercancía de un alto valor, y por ello, muy atractiva para los amigos de lo ajeno, convenía asegurarse el pago. Mi jefe propuso adquirir otra mercancía, pues no tenía fondos suficientes para pagarla al contado, como inicialmente demandó Osipov. Éste, me dio la sensación, necesitaba vender esas pieles antes de que se terminase la temporada invernal. Tenía prisa por capitalizarlas. Y ahí entraba yo. El trato a crédito que propuso Oleg consistía en que yo, su hermano, le explicó, me quedara como garantía del pago como su “invitado”, eufemismo al uso en nuestra jerga para “rehén”. Si Oleg fallaba en el plazo acordado, Osipov le enviaría mi piel a tiras y por extremidades, a razón de una extremidad semanal. En caso de un mes de retraso mi cabeza sería el mensaje final y definitivo.

Todo fue bien durante la primera semana. Un convoy de tres camiones llegó, repleto de tabaco nacional y de importación, a Volgogrado sin problemas. El pago del canon se hizo puntualmente, en dólares y en metálico, como se hubo acordado. Se cargaron los camiones con las pieles, éstas se camuflaron cubriéndolas con cajas de cartón, que contenían vajillas de loza. El viaje de vuelta, se hizo como siempre en convoy de a tres, con sus conductores armados, pero ahora reforzados por copilotos pertrechados con armas de guerra: los famosos Kalashnikov.

            El convoy fue asaltado justo en la frontera entre los dos oblast., en la parte responsabilidad de la mafia de Volgogrado. Los de los Kalashnikov fueron los primeros en rendirse sin disparar ni un solo tiro. Mucha artillería de guerra, mucha parafernalia, para nada. Malditos cobardes y maldita sea mi suerte. Los asaltantes se llevaron los camiones, las pieles y las vajillas también. En tierra únicamente quedaron los cobardes, sin armas y sin honor.

            Mi hermano llamó a Dima Osipov para informarle y pedirle una indemnización por el asalto, ya que según la “póliza” ese percance estaba cubierto. Con ese dinero le pagaría las pieles, le dijo. En otras palabras, que se diera por pagado ya. La respuesta de Osipov fue clara: «Aquí no hay póliza que valga. O me pagas en tres días o despídete de tu hermanito».

            Hoy se cumplía el plazo. Les estaba esperando, en la habitación de huéspedes, con la Double Tap oculta en la palma de mi mano. Mientras, pensaba en el cabrón de mi hermano, conociéndole, no me extrañaría que se hubiese auto asaltado para quedarse gratis las pieles gracias al seguro. Iluso o cabronazo, no sé. Aquí no hay tal seguro, es una pamema. Esto es Rusia, estos y nosotros somos la puñetera mafia rusa, esto es ahora la guerra y yo su primera víctima.

            Entraron a por mí. Eran dos. No me lo pensé. Disparé y les di de pleno. Salí corriendo y alcancé la salida.

Corro descalzo sobre la nieve. Me alcanzarán pronto.

Me comprometo: «la última bala, para mí».

Andrés Gusó. Octubre 2019

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