Andrés Gusó

6:45. Suena el despertador en casa de los García Gaytán. Será Luis quien de un manotazo apague la alarma. Los lunes y viernes lo programan quince minutos antes de las siete porque suele haber más tráfico. Tienen comprobado que ese cuarto de hora de anticipación les evita media hora de atasco. Asunción arañará aún unos minutos al reloj y se dará la vuelta arropándose con la sábana a conciencia.

6:47. Luis es el primero en entrar en la ducha y arreglarse. En teoría, Asunción debería levantarse también y preparar los desayunos. Es lo convenido desde hace años. Pronto cumplirán treinta como matrimonio. Ya le dará un toque cuando salga y se prepare para afeitarse, decide Luis. Hoy se siente más considerado con ella. «Igual luego, al final del día, necesite su apoyo», recapacita.

6:50. Asunción se ha desperezado por fin y debe apresurarse. En dos minutos su marido saldrá del baño afeitado y en quince más se vestirá y compartirán desayuno. Luis es muy estricto con esto: le gusta desayunar juntos y conversar, dado que no se verán hasta la noche. Asunción es funcionaria en el Ayuntamiento, su horario es idéntico todos los días: de ocho a tres, ininterrumpido. El de Luis es el típico de multinacional: se sabe cuando se entra, pero no cuando se sale.

07:07. Ambos están ya sentados a la mesa. Asunción se duchó a la carrera. Ya terminará de arrglarse en el coche, como siempre. Luis está preocupado y lo comparte con su mujer. Hoy es viernes, día de despidos. Conoce la situación de la empresa al ser el subdirector financiero. Los accionistas querrán que se les repartan los beneficios prometidos y la empresa difícilmente podrá hacerlo este ejercicio si no reduce gastos dramáticamente.

—Los ingresos son menores cada día —le comenta—. Habrá que recortar para cumplir lo prometido y ya se sabe lo que se recorta primero: empleos. Y encima, eso siempre ocurre en viernes. Ya sabes, así el despedido tiene todo el fin de semana para asumirlo y los que se quedan no tienen tiempo para comentarlo. El lunes todo vuelve a su cauce. Siniestro, eh.

07:27. Luis retira y lava los platos del desayuno mientras su mujer termina de vestirse. Están compenetrados, son un equipo. Al chico, universitario ya, lo tienen de Erasmus en Helsinki; uno menos al que apremiar con la dictadura del tiempo. «Seguro que allí no llega ningún día tarde», piensa su madre.

07:31. El morro del coche se asoma a las aún oscuras calles. En cinco minutos el sol mostrará su cresta por el este de los edificios de Madrid, allá al fondo, a 15 kilómetros en línea recta por la A5. Como es viernes, en lugar de coger el túnel, Luis bajará por el Paseo Extremadura, tiene semáforos pero también vías de escape en caso de atasco. Asunción retoma la conversación sobre la posibilidad de despido. Aún recuerda como lo pasaron de mal en el 2008 cuando comenzó la crisis y su marido perdió su trabajo. Menos mal que el suyo era fijo y pudieron hacer frente a los pagos ineludibles: hipoteca, colegio y un préstamo personal para comprarse una caravana con la que ir de camping en verano.

07:50. Alcanzan el puente sobre el Manzanares y lo cruzan hasta que el semáforo se pone rojo y Luis detiene el coche. Seguir recto o subir por la Cuesta de la Vega. Cada lunes y viernes la misma pregunta, la misma rutina, la misma contestación: seguir recto.

 —No te preocupes, cariño. No creo que me toque a mí precisamente. Aunque no hay puesto seguro, el mío… Bueno, alguien debe controlar la pasta y ese es mi trabajo. No pasará nada, ya verás —trata así de apaciguar su evidente preocupación.

Asunción termina de pintarse los labios aprovechando que el vehículo está parado.

—Vale. Crucemos los dedos —responde.

07:53. El coche arranca y enfila recto por la calle Segovia. No le precede ningún vehículo por lo que acelera para gestionar la pendiente. Por el rabillo del ojo Luis ve que su mujer le señala el puente de Bailén, que cruza sobre esa calle a gran altura.

            —¿Qué pasa, cielo?

            —Allí arriba… Que hay alguien en el borde, mira —le indica Asunción.

            Luis gira su cabeza y entorna los ojos para enfocar bien su mirada. Efectivamente parece que hay un hombre de mediana edad y escasa estatura que permanece allí como colgado. No lo ve bien del todo. Instintivamente reduce la velocidad cuando se aproxima. El hombre del puente se suelta y cae al vacío. Luis frena con firmeza y el coche se detiene justo a unos pocos centímetros del ya seguramente cadáver. Automáticamente mira por el retrovisor esperando que el coche de atrás también frene a tiempo y no le golpee. Pero no lo seguía nadie, afortunadamente. De frente por el otro lado, a los lejos, a unos cien metros, baja una furgoneta blanca. «Me da tiempo», considera Luis. Introduce la marcha atrás y retrocede lo justo para poder sortear el cadáver, invade el carril contrario de bajada y sube por él unos metros para regresar a su carril, dejar atrás al suicida y continuar su marcha. Incrementa considerablemente la velocidad. Continua hasta la primera calle a la izquierda, por la que se mete para alcanzar, por detrás de Capitanía, la calle Mayor y dejar a su mujer, espantada en todo momento, a tiempo de fichar en las oficinas del antiguo Ayuntamiento en la plaza de la Villa.

07:58. Asunción se apea del coche. Le tiemblan las piernas y mientras corre hacia la entrada de su bello edificio un pensamiento redundante la tortura: «Denegación de auxilio. Ay, ¿nos habrán visto?». Ficha un minuto antes de las ocho.

08:28. Luis llega al garaje de su edificio. Aparca y toma el ascensor hasta la planta 25. Ficha a las ocho y media en punto. Puntual como siempre.

09:10. El director de recursos humanos lo llama a su despacho.

Andrés Gusó

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