Andrés Gusó

Era la primera vez que el doctor Calero no acudía puntual a su cita con el bisturí. Nunca antes se había retrasado en una intervención quirúrgica programada. Todos en su equipo lo esperábamos extrañados por la tardanza y ansiosos porque apareciera pronto. Su ilustre paciente estaba listo y preparado desde hacía casi una hora. Todos estábamos listos y preparados. Todos esperándole.

Allí estaba yo, muerto de miedo, tumbado en la mesa de operaciones, recordando cómo llegué hasta este momento. Había sufrido tres ataques en menos de dos meses. Entonces lo achaqué a los nervios y al estrés derivados por mi reciente nombramiento como Director General de la Policía. Mi buen amigo, el subsecretario de Interior Juan Rota, que había estudiado medicina, aunque no hubiera ejercido nunca por su entrega a la carrera política, me aconsejó ir a ver a un neurólogo. Juan me había diagnosticado, en principio, epilepsia. Según él, los ataques habían sido episodios claros de esa enfermedad, y no producto del estrés, como yo creía.

            El doctor Ignacio Calero, al parecer el mejor neurólogo del país según Juan, confirmó el diagnóstico tras varias exploraciones y estudios radiodiagnósticos. Me detectaron un angioma cavernoso, «alojado entre el lóbulo frontal y el parietal, justo en donde se encuentran las áreas primarias del movimiento y sensibilidad del hemicuerpo izquierdo», me especificó. No entendí ni una palabra, únicamente que había que extirparlo, eso sí.

            —Tengo quirófano libre el 19 de noviembre. ¿Qué tal le viene, ese día?—me preguntó el doctor Calero.

            —¿Tan pronto? —inquirí algo azorado.

            —Cuanto antes mejor. Los angiomas cavernosos crecen muy rápido. Hay que extirpar cuanto antes —me argumentó categórico.

            —De acuerdo —cedí aterrado ante sus alarmantes palabras—. Cuanto antes, pues.

            Aquí me tienen muerto de frio. Voy a pedirles una manta o algo, que parece que esto va para largo.

Q

El anestesiólogo me ordenó que saliera y averiguara qué pasaba con el cirujano, que informase a la supervisora del quirófano del retraso y la situación del paciente.

            A la hora en punto del aviso asomó engallado por la puerta del quirófano el cirujano sustituto, el doctor Ontiveros. Observé que había abandonado su perenne gesto de malhuele para mostrarnos una sonrisa de oreja a oreja. En mi opinión, nadie podía sentirse más satisfecho que él por poder sustituir al doctor Calero, la máxima eminencia en neurocirugía. Su rivalidad era bien conocida por todos en la clínica. Sus enfrentamientos: notorios y públicos. Ambos doctores eran socios y miembros del consejo de administración de la Clínica Higía, sita junto a la urbanización de lujo de La Moraleja.

Joder, solo me faltaba esto hoy. Encontrarme en el parking con Ontiveros antes de una intervención a primera hora. Con las ganas que tengo de soltarle que hemos descubierto sus tejemanejes contables. Y que le vamos a poner en la puta calle. «Mejor te reprimes, Ignacio», verbalizo.

Ahí viene. Maldito corrupto.

—¿Qué pasa, Nacho? ¿Cómo tú tan pronto por aquí? —me suelta haciéndose el gracioso.

No puedo reprimirme. Su hiriente saludo me ha espoleado.

—Tenemos que hablar, doctor Ontiveros.

—¿De qué, doctor Calero? De tus éxitos… —persiste en cabrearme.

—No, más bien de los tuyos. De cómo has inflado las facturas de los proveedores, de cómo has metido la mano en la caja, de cómo —no puedo parar, me embalo— has contratado a una empresa a dedo sin licitaciones alternativas…¿Sigo?

—Eres un capullo. Me tienes hasta los huevos, tú y tus acusaciones sin fundamento —me contesta claramente cabreado. He hecho diana.

—Esta tarde lo veremos en el Comité. Voy a pedir tu destitución y consiguiente despido…, capullo —le devuelvo.

Me agarra por las solapas, me zarandea y me golpea con el móvil en la sien izquierda. Me tambaleo y caigo de bruces. Me rompo la nariz, duele una barbaridad joder; creo que me he fracturado el hueso frontal también. Algo no va bien dentro del cráneo. Estoy tumbado boca abajo e inerte, profundamente mareado. Noto que alguien me arrastra varios metros.

La intervención quirúrgica del cavernoma rolándico, en todo momento apoyada por un sistema de neuroimagen muy avanzado, fue todo un éxito. Más bien por los avances de la tecnología de imagen y su neuronavegador que por la pericia del cirujano sustituto, quien en dos ocasiones dudó más tiempo del debido. Claramente la extirpación de tumores cerebrales no era su especialidad, según pudimos apreciar. Todos nos percatamos de sus constantes dudas, pero al ver que el paciente no corría peligro permanecimos callados y a la espera de su decisión; fácil de tomar si se atendía a las imágenes y a las pruebas sensoriales que regularmente se iban haciendo al cerebro del paciente.

Al final todo salió bien y el doctor Ontiveros incluso se vanaglorió de que si él no hubiera estado en el edificio la operación se hubiera tenido que suspender, con el riesgo y trastornos que eso hubiese significado, nos recalcó. Asentimos por obligación más que nada.

Cuando salíamos dos policías de uniforme y otros dos de paisano esperaban ante la puerta del quirófano. La supervisora les acompañaba y fue ella quien señaló al doctor Ontiveros en cuanto lo divisó.

            Los de paisano, seguramente inspectores, lo abordaron seguidos de cerca por los uniformados. Le mostraron sus placas y lo conminaron a seguirles.

            —Doctor Ontiveros, debe acompañarnos a comisaría —oí que decía el que parecía tener mayor rango.

            —¿Qué?.. ¿Por qué? —les preguntó algo encarado el doctor Ontiveros.

            —Por su implicación en el homicidio del doctor Calero. Lo han encontrado en el parking, tumbado y escondido tras una columna alejada. Muerto. Al parecer por un fuerte golpe en la cabeza.

            Todos los presentes nos miramos sobrecogidos.

—En las imágenes se les ve, claramente —remarcó el otro agente de paisano—, a ustedes dos forcejeando y al occiso cayendo al suelo tras un fuerte golpe propinado por usted.

            —Yo… No —balbuceó el detenido—. Fue un accidente…

            El primer agente le leyó sus derechos al tiempo que los dos guardias le agarraban por los brazos.

No hizo falta esposarle.

Agachó el testuz y se dejó llevar.

Todos lo pudimos ver.

Me he despertado medio atontado. Frente a mi cama se encuentra un médico. No lo recuerdo. No lo he visto en mi vida. En el quirófano no estaba. Vislumbro a su lado una cara conocida, es el comisario principal Bermejo. ¿Qué hace aquí?

            Por fin, me sacan de dudas: todo ha ido bien, me operó otro neurocirujano, si bien lo tuvieron que detener, nada más finalizar la intervención, acusado de homicidio.

            «Me ha salvado la vida un asesino», pienso. Ya veo los titulares: “Un médico asesino salva la vida al Director General de la Policía”. “Director de la Policía salvado por un asesino”. “Asesina y luego opera al  Director General de la Policía”.

            «Pues, gracias doctor».

© Andrés Gusó

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