Extractos

PIEL DURA

PIEL DURA

Confianza Ciega

Cuando Tina entraba en una habitación regalaba presencia con sus formas rotundas y andares sensuales. Despertaba envidias y admiración entre las hembras a partes iguales; deseo y lascivia en los machos al unísono. No pasaba jamás desapercibida, a excepción de aquella tarde en la discoteca del pueblo. Aquel apuesto hombretón ni la siguió con la mirada ni le prestó la más mínima atención. A pesar de su estelar entrada, vestida para la ocasión con sus mejores galas: un vestido rojo pasión, de punto, escote palabra de honor, corte en tubo ajustado hasta medio muslo. Imposible para cualquier otra hembra que no fuera ella.

No pasó mucho tiempo para que las moscas acudieran a la miel. Tina rechazó todas las invitaciones a bailar. Se sentó junto a su mejor amiga, Karina, en una mesa apartada, y desde allí pudo observar sin ser vista a aquel adonis, extraño al pueblo y al resto de lugareños, pues con ninguno hablaba. Permanecía solo, acodado a la barra en un rincón como mirando al infinito, o eso le parecía a Tina, puesto que aquel sujeto vestía unas gafas oscuras que no le permitían distinguir su mirada.

            —Solo le falta pasarse el pulgar sobre los labios, como el del anuncio —le participó algo contrariada a su amiga Karina, señalando con la barbilla hacia el apuesto varón.

            —¿El de negro? ¿El mazao de la camiseta ajustada de grandes pectorales?

            —Sí, ese —contestó Tina—. Que parece que sea el portero de la discoteca, así to de negro y … to apretao.

            —Pues a mí me parece que está muy bueno.

            —Y lo está —acordó—. Pero se lo tiene muy creído, me da a mí.

            —A ti lo que te pasa es que te jode que no te haya ni mirado. Estás muy mal acostumbrada, querida.

            —Pues me va a ver, tía —dijo levantándose y ajustándose el vestido—. Me va a ver bien. Si Mahoma no va, la montaña se… mueve, o como sea el puto dicho.

            Tina se dirigió con paso seguro y exagerado cimbreo hacia el bar. Notó cómo muchas miradas desnudaban su cuerpo mientras rodeaba la pista de baile para alcanzar el extremo de la barra. Su objetivo reposaba un brazo sobre el mostrador, mientras con la otra mano se llevaba parsimoniosamente un vaso largo a los labios, dándole un prolongado sorbo a su bebida. Sin disimulo alguno ella se situó a su lado. Acodó ambos brazos, se inclinó sobre la barra y se dirigió al camarero, un antiguo compañero de pupitre, para pedirle una consumición.

            —Roberto, ponme lo mismo que le pusiste a este —dijo en voz alta señalando al hombre de la negra camiseta ajustada—. Que parece que le gusta.

            —Un gintonic.

            —De importación, supongo —dijo Tina.

            —No lo sé. Lo he dejado a la elección del camarero. Está muy rico.

            —Seguro que Roberto te ha puesto la mejor ginebra que tiene. Es un profesional.

            —No te preguntaré si vienes mucho por aquí, porque es obvio que eres una habitual —dijo el hombre de negro elevando la voz.

            —Yo sí te preguntaré de dónde has salido tú. Nunca te había visto por aquí.

            —De Madrid —respondió—. Estoy trabajando aquí unos días.

            Tina se lo quedó mirando fijamente, extrañada de que ese individuo siguiera sin mirarla, hablando como al infinito, cuando claramente habían entablado una conversación, aunque fuera casi a gritos por culpa de la música que atronaba el local. Algo no encajaba en ese tipo, pensó.

            —Y… ¿de qué trabajas? —preguntó realmente interesada.

            —Ayudo a la policía en un caso de homicidio múltiple. Soy criminalista. 

            —¡Ódo! —exclamó sorprendida —. ¿En el de las tres chicas de Cuenca?

            El hombre asintió. Se llevó el dedo índice a los labios en petición de silencio y luego volvió a sonreír enigmáticamente.

            —No lo vayas a pregonar por ahí. Estoy de incognito —dijo misterioso—. A la policía no les gusta ir aireando que me necesitan. Son muy suyos.

            —Pero ¿no eres policía?

            El hombre de negro negó con la cabeza varias veces. Posó su vaso sobre la barra y levantó el brazo haciendo con su mano el signo de rotación, lo que indicaba que quería otra ronda. Lo mantuvo alzado casi un minuto, sin éxito. La machacona música house fue sustituida por ritmos más suaves y canciones pegadizas, bien conocidas por la parroquia manchega. Muchos se lanzaron a la pista a bailar.

            —Perdona, ¿quieres tomar otra copa?

            Tina frunció el ceño en señal de extrañeza. Había algo en esa persona que no era normal.

            —No, gracias. Todavía la tengo casi llena. Roberto está en la otra punta, no insistas que no te puede ver desde tan lejos.

            —Ya me parecía. Debe estar ciego.

            Al decir esto, el hombre de negro soltó una risotada sin previo pensamiento, sin pulir, como vomitada.

            —¿De qué te ríes, tío? No entiendo.

            —De la contradicción. Aquí el único ciego soy yo, o es que aún no te has dado cuenta.

            Por fin le cuadraron las formas y gestos de aquel tipo. La ausencia de miradas libidinosas o de otra índole, ni tan siquiera por interés o educación. Ahora lo entendía. El cabrón era ciego, reparó. Claro, por eso. Por eso…

            —Pues, no. No me había dado cuenta —se sinceró—. Lo disimulas muy bien.

            —No hay nada que disimular, eres tú que no te fijas. Yo, en cambio, me he fijado bien y sé muchas cosas sobre ti.

            —Ya —respondió despectiva—. Seguro. Pero si no me ves, qué vas a saber.

            —A eso me dedico: a saber, sin ver. A ver lo que los otros no saben ver. Yo miro con otros ojos.

            Convencida de que no la podía ver, Tina se acercó a escasos centímetros, su pecho voluptuoso casi rozaba los pectorales de su interlocutor. Se aproximó aún más, hasta el punto en que sus senos lo tocaron, para susurrarle a la oreja un desafío:

            —A ver, listo. Descríbeme. Quiero saber qué ven esos ojos que no ven.

            El hombre de negro conformó una sonrisa de superioridad.

            —De momento te diré que por tu modo de hablar y el timbre de tu voz, no tienes más de treinta años, yo diría que unos veintisiete o veintiocho. Tu acento es castellano manchego, quizás de Cuenca, o de Albacete. Tampoco es tan difícil si tenemos en cuenta que nos encontramos en Tarancón, y al parecer conoces a la gente de aquí, por lo que muy bien podrías ser oriunda de esta parte de La Mancha.

            —Ajá. Vas bien, tío. De momento —confirmó Tina.

El hombre de negro levantó la mano y la puso a la altura de la cara de la chica.

            —¿Me dejas que te toque la cara? —pidió.

            —Solo la cara, chorra. No te vayas a creer lo que no es.

            Comenzó con una mano a repasar el rostro de la chica, se acompañó pronto de la otra mano, aprisionando suavemente el rostro entre ambas. Le palpó el cabello recorriéndolo en toda su largura hasta medio pecho. Ahí paró. Subió de nuevo las manos al rostro escalando por el cuello y remontando la barbilla. Se centró en los mullidos labios unos instantes para, a continuación, ascender por la nariz hasta las depiladas cejas y cubrir, por fin, los ojos almendrados con las yemas de sus dedos. Antes de despegar sus manos completamente, las dirigió hacia las pequeñas orejas, ocultas por la cabellera, en busca de pendientes; los encontró largos y de varias piezas engarzadas.

            —¿Y bien? —inquirió Tina intrigada.

            —Antes dile a tu amigo que nos ponga otra ronda, ¿quieres?

            Tina se giró hacia la barra en el instante en que Roberto se aproximaba con varias copas vacías en sus manos. Lo llamó y pidió dos gintonics de la mejor ginebra. Tenía claro que ella no los iba a pagar. Instó a su nuevo amigo que le describiera con palabras lo que palpó con sus manos.

            —De acuerdo. Eres una chica más alta que la media, aunque tampoco eres una jirafa —se rio—. Por lo que he notado al acercarte a mi oreja a susurrar, seguramente estas muy bien dotada físicamente, pues tu pecho es turgente y bastante desarrollado. Apetecible, debo añadir. Supongo que eres bastante guapa, aunque de facciones algo rotundas, que disimulas depilándote las cejas y usando muy poco maquillaje, apenas algo de rímel y pintalabios. A pesar de usar un perfume algo barato, le sacas partido, pues hueles bastante bien.

            —Oye, tío. No te pases.

            —No te ofendas, me refiero a que tu piel huele mejor sin artificios, tal cual.

            Roberto sirvió dos gintonics bien cargados de ginebra inglesa. El tintineo de los hielos hizo que el hombre de negro girase su cabeza hacia las bebidas. Tanteó sobre el mostrador y llegó su mano hasta una de las copas. La cogió y se la acercó a Tina. Luego hizo lo mismo con la otra copa, llevándosela esta vez a su boca, enviando la mitad de su contenido al estómago de un largo y único trago. Reprimió un eructo educadamente, tapándose la boca con la mano libre.

            —Es bastante impresionante —concedió Tina—. Pero no entiendo muy bien cómo puedes ayudar a la poli con esta minusvalía tuya. Sin ver… no irás palpando por ahí los cadáveres, ¿no? Digo yo.

            —Pues, a veces me dejan. Pero solo si están bien muertos.

            —Estás de coña. No me vaciles, tío —le soltó mientras le daba un leve manotazo en el brazo.

            —Vale. Lo que pasa es que no me gusta hablar mucho de mi trabajo. No siempre es agradable, sabes.

            Tina chocó su copa contra la de su compañero de barra y lo invitó a proseguir:

            —Venga, dame un ejemplo de lo que has hecho hoy. ¿Cómo les has ayudado con lo de las chicas?

            —No puedo hablar de ello, pero te diré, por ejemplo, que sé distinguir, mejor dicho, identificar, más de cien sonidos diferentes. Desde pájaros a perros, motores o campanas. Sé, por decirte algo de por aquí, que conozco el tañido de la mayoría de las campanas de las iglesias castellanas. Ninguna suena igual.

            —No veo la relación.

            —En una grabación que captaron se oía de fondo el tañido de un campanario. Yo lo identifiqué y por eso estamos hoy todos aquí. En Tarancón.

            Ahora fue Tina la que se trasegó media copa de golpe. Estaba ciertamente impresionada por las capacidades, tan fuera de lo común, de su nueva amistad. Siguieron charlando sobre sus otras habilidades: los idiomas y la distinción de acentos entre regiones del mismo país, su poder olfativo, capaz de identificar más de doscientos olores diversos, y por fin, el tacto, igualmente capaz de encontrar minúsculas variaciones en la piel, en forma, tersura y temperatura. Tina se iba acercando más y más a aquel sujeto tan peculiar, olvidándose completamente de su discapacidad visual. Sin ser vista se sentía igualmente observada y apreciada por aquel individuo, del que todavía desconocía su nombre.

            —Por cierto, aún no me has dicho tu nombre. Yo me llamo Tina.

            —Ricardo —respondió ofreciendo su mejilla para ser besada.

            Siguieron conversando animadamente sobre temas insustanciales hasta que llegó el momento crucial de despedirse o de irse juntos. Ricardo le pidió que lo acompañara a su hotel, pues no creía que hubiese taxis a esas horas. Tina aceptó con la condición de que le contara más sobre el caso de las chicas asesinadas en Cuenca. Se subieron al coche de Tina acompañados por Karina, quien había insistido en permanecer junto a su amiga. No se fiaba del hombre de negro. La discoteca estaba algo alejada del centro del pueblo. Tina, a pesar de las disimuladas advertencias de su amiga, optó por dejar primero a esta en su casa y seguir camino a solas con Ricardo. Si les paraba la Guardia Civil en un control, la conductora superaría con creces los niveles permitidos de alcohol en sangre, por lo que le comentó que daría un rodeo hasta su hotel por caminos secundarios. Ricardo se limitó a asentir en silencio.

            En un sendero sin asfaltar y tras varios trompicones Tina detuvo el coche orillándolo junto a unas encinas de gran tamaño y frondosidad. Apagó el motor y las luces. La noche era bastante clara, la luna brillaba con intensidad y no era necesaria tanta luz. No podía llevárselo a casa, por respeto a sus padres, con los que aún vivía, pero aquel hombretón no podría irse a dormir sin antes ella sentirlo dentro. Tanta ginebra le había despertado la libido, lo suficiente como para desinhibirla y demandar magreo.

            —Quiero que me toques el cuerpo como antes tocaste mi cara. Quiero sentir esas manos, delicadas y precisas, sobre mi pecho y mis muslos —le dijo mientras le agarraba su mano y la conducía hasta su húmeda entrepierna—. Quiero que me vuelvas loca.

            Ricardo no dijo nada y se dejó llevar. Le sorprendió la fogosidad de la chica, pero lo adujo al alcohol trasegado. Ella llevaba la iniciativa. Se subió el vestido de tubo hasta dejárselo enrollado a la altura del cuello, como si fuese un gran foulard. Las manos de Ricardo ascendían y descendían amasando las sensuales formas de Tina. Ella se estremecía al tiempo que luchaba por desabrochar los botones de los vaqueros de Ricardo, buscando ser penetrada cuanto antes. Sacó un condón de su pequeño bolso y lo colocó en el enhiesto miembro de su sorprendido amante.

La montó, atendiendo a las reiteradas suplicas al oído que una desbocada Tina le proponía. Al mismo tiempo, Ricardo aprisionaba su garganta con una de sus delicadas y precisas manos. A medida que aumentaba el ritmo de la penetración, aumentaba igualmente la intensidad del ahogamiento. Al llegar al clímax utilizó ambas manos para asfixiarla hasta la muerte mientras se vaciaba en ella.

            Se desenganchó. Se subió los pantalones. Se encasquetó las gafas negras en su cabeza como si fueran una diadema. Abrió la puerta del coche y cogiéndola de los pies jaló aquel cuerpo fuera del vehículo. La arrastró hasta unos matorrales detrás de unas encinas de gran tamaño y retorcidas formas a causa del viento y los años. Se aseguró de que estuviera muerta y la cubrió con unas ramas sueltas.

            Regresó al coche y se puso al volante. Condujo hasta llegar a Madrid. Abandonó el coche en un aparcamiento del centro, y se diluyó en la gran ciudad.

Su cuarta víctima resultó la más fácil de todas.

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UN VIAJE DE VENGANZA

UN VIAJE DE VENGANZA

Capítulo 1.

Ella arrastraba el cuerpo inerte de su amante cuesta arriba. Realizaba un gran esfuerzo, tanto físico como mental. Hacía apenas tres horas yacían extenuados tras haber hecho el amor con vigor y pretendida pasión. Más bien él, ella se dejó hacer, como siempre últimamente, a disgusto. Ahora colaboraba en la desaparición de su amante.

            El asesino le había ordenado que cogiera el cadáver por los pies y lo ayudase a trasladarlo hasta la entrada de una cueva, en lo alto de un pequeño montículo. Pesaba casi noventa kilos al menos, nunca lo había notado tan pesado, ni siquiera cuando se derrumbaba sobre ella tras vaciarse. Lo agarró por los tobillos y tiró cuesta arriba apretando los dientes. La mayor parte del peso la soportaba el asesino, el cual tenía agarrado al muerto por las axilas. Ascendía la cuesta despacio dándole tiempo de vez en cuando a la chica a recuperar el resuello.

            No hablaban, concentrados como estaban en la operación, para ahorrar fuerzas y, sin duda, para escamotear la tenebrosa realidad de lo que estaban haciendo: deshacerse de un cadáver. Ella desde el momento en que gritó, asustada por la súbita irrupción del asesino en el coche, no abrió la boca ni una sola vez más. Ni siquiera para tomar aire durante la exigente ascensión de la loma. Desde luego se asustó mucho. En un principio creyó que ella también iba a ser su víctima. Sin embargo,  en cuanto vio que la obviaba como objetivo criminal y le pedía ayuda para introducir a su amante en el maletero, desde ese mismo instante, se relajó aliviada. Primero, porque no parecía que la fuera a matar también a ella —siempre tuvo la impresión de que le gustaba por la forma en que la miraba, por alguna que otra trivial insinuación, porque su presencia y encuentros eran más asiduos en las últimas semanas—, y segundo, porque la eliminación de su pareja representaba en realidad una liberación, quizás una oportunidad para comenzar una nueva vida.

            Ella se quedó observando como su acaso pretendiente se deshacía del cuerpo y lo dejaba caer por una estrecha grieta. Decidió alejarse. No quería ver más. Pasar página. Irse de allí. Regresar a Madrid y cambiar de vida.

Sí, pero no con un asesino

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EL SILENCIO HABLARÁ POR ELLA

EL SILENCIO HABLARÁ POR ELLA

Capítulo 1.

Madrugada del sábado 21 de marzo de 2037.

En algún lugar de la sierra madrileña.

Maniatada, magullada y aterida de frío. Unos instantes antes un insospechado enemigo la había arrojado sobre el duro suelo de pizarra, de lo que parecía la bodega del chalé al que había sido invitada. Alguien de su total confianza la llevó allí apenas unas pocas horas antes. Estaba muy asustada, no tenía ni la más remota idea de lo que iba a pasar con ella: quizás un permanente enclaustramiento en aquel sótano por un insano enamoramiento de su captor, o bien una petición de rescate a cambio de su vida. Sus padres no eran ricos, pero tampoco pobres. Seguro que su padre con su posición podría reunirlo pronto, como estaba segura de que ahora estaría ya buscándola por todas partes, o a lo peor, como aún era temprano esperaría a ver si llegaba por la mañana tras una juerga, como alguna otra vez en el pasado. Y… si fuera una venganza política… al fin y al cabo era la hija de un detestado ministro, concluyó.

 Se convenció de que nada de todo aquello había acontecido de momento, así que era mejor tranquilizarse. Lo único cierto que sabía era el nombre de su secuestrador, y aunque sorprendida, no dejaba de preguntarse qué era lo que aquel pretendía con esa asombrosa acción. Estaba en una casa segura, plácidamente adormilada tras yacer entre los brazos de su amor, cuando de pronto tuvo un abrupto despertar y su burbuja protectora explotó sin previo aviso. Unos poderosos brazos la habían arrastrado a un gélido y oscuro sótano. El raptor le había quitado el EPR de su oído y lo había machacado de un tremendo pisotón. Desconectada e ilocalizable. Sumida en el silencio.

Cada vez hacía más frío, debía ser noche cerrada, por algún resquicio se colaba un soplo helado que le hacía tiritar de frío y de miedo. Una vieja camiseta prestada era todo su abrigo.

No se oía nada: silencio absoluto. Su secuestrador no había dado señales de vida desde que la maniató, fotografió y arrojó sobre el frio suelo, haría ya un par de horas.

Al menos me podría haber echado en una cama, haberme dado algo de abrigo, algo de comer…

Tengo hambre, hijo de puta.

Tengo frío, cabrón.

Tengo miedo, papá.

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RÓTULA

RÓTULA

1. Una bandeja fuera de lo común

Madrid, 21 de octubre de 2016, viernes por la tarde

«Un cadáver no miente» decía siempre su jefe. E insistía ante los estudiantes: «Los muertos siempre dicen la verdad, pero hay que saber preguntar».

Amelia Cantón, recordaba aquellas palabras de su actual jefe cuando asistía a sus clases en la vecina facultad, hacía ya una eternidad. Llevaba ya más de veinte años ejerciendo, rodeada de cadáveres todos los días, como médico forense en el Servicio de Patología Forense en el Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. No se sentía ni intimidada, ni angustiada, ni mucho menos incómoda por verse las caras cada día con la muerte y sus resultados: los cadáveres que yacían sobre las mesas de zinc en la sala de autopsias a la espera de revelar sus secretos.

Sin embargo, un macabro e inquietante hallazgo en las estanterías de un supermercado iba a trastocar su impasibilidad ante la muerte.

Prácticamente la totalidad de los seres humanos se sienten inquietos y desubicados en un cementerio, y no digamos en un tanatorio o en una sala de autopsias. A Amelia, en cambio, le gustaba su profesión.

Esos cuerpos inertes, fríos, lívidos y la mayoría demacrados, le contaban a Amelia sus respectivas historias quedamente. Casi la totalidad de los que requerían una autopsia habían sufrido una muerte o violenta o fuera de la norma, entendiendo como norma, el morir en un hospital de una larga enfermedad o, en el mejor de los casos, en casa rodeado de los suyos.

            Hoy se sentía especialmente contenta pues se acercaba un fin de semana y no tenía guardia. Se podría ir unos días a la sierra, al chalé que con tanto esfuerzo se habían comprado hacía cinco años. Se aprovecharon de los buenos precios derivados de la crisis financiera e inmobiliaria que asoló España.

El pronóstico del tiempo estaba totalmente desalineado con las fechas del otoño en las que se encontraban: subirían las temperaturas, despejado y con mucho sol durante todo el fin de semana. Ideal para salir a por setas, ya que desde el Pilar había estado lloviendo regularmente, inmejorable para comerse un buen cocido madrileño con la familia y sestear luego ante la chimenea.

            Al salir del tanatorio decidió pasarse por el nuevo supermercado que acaban de abrir a dos pasos de su casa, en el centro de Madrid. Tenía muy buena pinta y apuntaba a satisfacer sus cada vez mayores deseos de comida saludable. Era un supermercado que se autodenominaba como «Saludable y Ecológico». La forense decidió pertrecharse, con todo lo necesario para  hacer un buen cocido, en ese nuevo súper.

            Llegó a su casa bien cargada de bolsas, contenían todo lo imprescindible para su cocido y muchas más viandas, unas necesarias y otras fruto de sus caprichos y las más, de las técnicas de exposición del supermercado, que hábilmente lograrán, casi siempre, aumentar el ticket de compra inicialmente previsto. Le daba igual, el estipendio estaba acorde con las expectativas de vida saludable y placentera que se regalarían ese fin de semana. Iban a venir los hijos, con sus respectivas parejas, y lo mejor de todo: su primer nieto, recién nacido. En total serían siete más el bebé.

            La forense decidió repasar las cantidades de lo adquirido no fuera a ser que hiciese corto. Últimamente estaba acostumbrada a cocinar sólo para tres, y siempre de forma muy liviana. Siete era ya un número considerable de comensales.

Repasó las verduras y la carne: todo bien y en cantidad suficiente. Cuando les tocó el turno a las bandejas con los huesos algo llamó su atención. No podía ser, se extrañó. Se trataba de una de las dos bandejas que contenían el hueso de rodilla y el de caña blanco. Ese hueso de rodilla, esa rótula. Eso no es ternera, observó.

            Lo miró y remiró. Cuando iba a quitarle el film transparente, que lo cubría y sujetaba a la blanca bandeja, para verlo bien, decidió que era mejor dejarlo todo como estaba, por si sus sospechas se confirmaban. La etiqueta especificaba rodilla y caña de ternera, envasadas por la misma marca del supermercado en origen, con fecha de caducidad a finales de octubre de dos mil dieciséis. Comparó de nuevo las dos bandejas de huesos de caña y rodilla que había adquirido. Una bandeja presentaba huesos con morfología típica de la ternera, mientras en la otra el hueso de rodilla no parecía de ternera. Hay algo que no encaja, se dijo.

            Se dirigió con esa inquietante bandeja en la mano a su estudio: un pequeño cuarto repleto de libros en tres de sus cuatro paredes, una silla encajada bajo una minúscula mesa, igualmente tomada por un montón de libros apilados, con un mínimo espacio libre donde, en su día, encajó un ordenador bastante antiguo. La pared libre albergaba un armario empotrado. Una tabla para planchar en mitad de la habitación esperaba a un montón de ropa, doblada y lista, sobre un sofá cama destinado a acoger a los invitados imprevistos.

Inició el ordenador y esperó largo rato a que presentara todas sus opciones. Una vez todas en pantalla se dio cuenta que la red wifi no estaba conectada y no podía navegar por Google. Empujó enfadada el viejo PC hacia el fondo de la mesa y se levantó a por un libro que había heredado de su padre: el Spateholz de tres tomos de mil novecientos setenta y cinco. Aquel atlas contenía unas excelentes ilustraciones a todo color. Las había repasado cientos de veces durante la carrera.

Amelia fue directa al tomo uno en busca del capítulo dedicado al aparato locomotor. Allí estaba lo que buscaba: varias ilustraciones de una rodilla.

            Un estremecimiento recorrió su espina dorsal, la bandeja que reposaba sobre su mesa de estudio contenía, no sabía por qué, ni como había acabado ahí,  una rodilla de una morfología exacta a la que mostraba la ilustración del viejo Atlas de Anatomía Humana de W. Spateholz.

            Tomó su móvil y buscó en contactos el número de su jefe y antiguo profesor, el Doctor Rubén Hidalgo, médico forense, Jefe del Servicio de Patología Forense del Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. Pulsó repetidamente sobre el número que mostraba la pantalla.

––«¡Amelia! ¿Qué tal? —contestó Rubén ––. ¿Qué pasa para que me llames un viernes a última hora? ¿Te has arrepentido del fin de semana? ¿Me lo quieres cambiar?»

––Hola Rubén. ¿Te pillo en mal momento?

––«No. Tranquila. Acabo de entrar en casa y me estaba cambiando. Dime. ¿Qué hay?»

––¿Vas mañana al Anatómico? Tienes guardia. ¿No?

––«Sí, no me he podido escabullir como tú. Y eso que soy el jefe. ¿Por qué?»

            Amelia comenzó a relatarle con todo lujo de detalles lo que se había encontrado al examinar las bandejas de carne para su cocido. Se detuvo en explicarle los motivos por los que comparó ambas bandejas. Su extrañeza por la diferencia morfológica de las rodillas.

––«¿Estás completamente segura? Es algo, no sé, estrambótico. Irreal, y si resulta que estás en lo cierto, es un hallazgo pero que muy, muy inquietante».

––Hombre, Rubén. Quizás no sepa distinguir una rodilla de ternera de una de potro o del codillo de un gorrino, pero humanas he visto y diseccionado unas cuantas.

––«Ya, ya lo sé. Pero aún así. No dudo de tu preparación y experiencia, Amelia».

––Y además… —hizo una pausa dramática para convencer a su jefe ––. No creo que a las terneras se les hagan habitualmente artroscopias para suturar los meniscos.

––«¿Cómo? ¿Artroscopia?  ––se extrañó Rubén––. ¿Qué has visto?»

––Una sutura en el menisco interno. Se aprecia bastante bien. Eso fue lo que me llamó la atención y me estremeció, en serio. Y mira que he visto de todo en nuestra profesión. Pero esto lo supera con creces. Estoy que no…

            Rubén la interrumpió pidiéndole que se calmara y citándola al día siguiente a primera hora.

––«Nos vemos en el Anatómico a las nueve en punto. No abras la bandeja y guárdala en la nevera. Si estás en lo cierto habrá que llamar a la policía».

––Sí, claro. Ya lo había pensado. Por eso no la he abierto y sugiero que mañana tampoco lo hagamos.

––«Sí. Desde luego. Inspección ocular y a partir de ahí ya vemos. ¿Vale?»

––Vale. Gracias Rubén.

––«Procura descansar. No le des más vueltas. Olvídate hasta mañana. Bueno, procúralo».

––Haré lo que pueda. Y si me da muchas vueltas, pues Lorazepam y listo ––zanjó Amelia.

«Un cadáver no miente» decía siempre su jefe. E insistía ante los estudiantes: «Los muertos siempre dicen la verdad, pero hay que saber preguntar».

Amelia Cantón, recordaba aquellas palabras de su actual jefe, cuando asistía a sus clases en la vecina facultad, hacía ya una eternidad. Llevaba ya más de veinte años ejerciendo, rodeada de cadáveres todos los días, como médico forense en el Servicio de Patología Forense en el Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. No se sentía ni intimidada, ni angustiada, ni mucho menos incómoda por verse las caras cada día con la muerte y sus resultados: los cadáveres que yacían sobre las mesas de zinc en la sala de autopsias a la espera de revelar sus secretos.

Sin embargo, un macabro e inquietante hallazgo en las estanterías de un supermercado iba a trastocar su impasibilidad ante la muerte.

Prácticamente la totalidad de los seres humanos se sienten inquietos y desubicados en un cementerio, y no digamos en un tanatorio o en una sala de autopsias. A Amelia, en cambio, le gustaba su profesión.

Esos cuerpos inertes, fríos, lívidos y la mayoría demacrados, le contaban a Amelia sus respectivas historias quedamente. Casi la totalidad de los que requerían una autopsia habían sufrido una muerte o violenta o fuera de la norma, entendiendo como norma, el morir en un hospital de una larga enfermedad o, en el mejor de los casos, en casa rodeado de los suyos.

            Hoy se sentía especialmente contenta pues se acercaba un fin de semana y no tenía guardia. Se podría ir unos días a la sierra, al chalé que con tanto esfuerzo se habían comprado hacía cinco años. Se aprovecharon de los buenos precios derivados de la crisis financiera e inmobiliaria que asoló, y continua, España.

El pronóstico del tiempo estaba totalmente desalineado con las fechas del otoño en las que se encontraban: subirían las temperaturas, despejado y con mucho sol durante todo el fin de semana. Ideal para salir a por setas, ya que desde el Pilar había estado lloviendo regularmente, inmejorable para comerse un buen cocido madrileño con la familia y sestear luego ante la chimenea.

            Al salir del tanatorio decidió pasarse por el nuevo supermercado que acaban de abrir a dos pasos de su casa en el centro de Madrid. Tenía muy buena pinta y apuntaba a satisfacer sus cada vez mayores deseos de comida saludable. Era un supermercado que se autodenominaba como «Saludable y Ecológico». La forense decidió pertrecharse, con todo lo necesario para  hacer un buen cocido, en ese nuevo súper.

            Llegó a su casa bien cargada de bolsas del nuevo supermercado, contenían todo lo imprescindible para su cocido y muchas más viandas, unas necesarias y otras fruto de sus caprichos y las más, de las técnicas de exposición del supermercado, que hábilmente lograrán, casi siempre, aumentar el ticket de compra inicialmente previsto. Le daba igual, el estipendio estaba acorde con las expectativas de vida saludable y placentera que se regalarían ese fin de semana. Iban a venir los chicos, con sus respectivas parejas, y lo mejor de todo: su primer nieto, recién nacido. En total serían siete más el bebé.

            La forense decidió repasar las cantidades de lo adquirido no fuera a ser que hiciese corto. Últimamente estaba acostumbrada a cocinar sólo para tres, y siempre de forma muy liviana. Siete era ya un número considerable de comensales.

Repasó las verduras y la carne: todo bien y en cantidad suficiente. Cuando les tocó el turno a las bandejas con los huesos algo llamó su atención. No podía ser, se extrañó. Se trataba de una de las dos bandejas que contenían el hueso de rodilla y el de caña blanco. Ese hueso de rodilla, esa rótula. Eso no es ternera, observó.

            Lo miró y remiró. Cuando iba a quitarle el film transparente, que lo cubría y sujetaba a la blanca bandeja, para verlo bien, decidió que era mejor dejarlo todo como estaba, por si sus sospechas se confirmaban. La etiqueta especificaba rodilla y caña de ternera, envasadas por la misma marca del supermercado en origen, con fecha de caducidad a finales de octubre de 2016. Comparó de nuevo las dos bandejas de huesos de caña y rodilla que había adquirido. Una bandeja presentaba huesos con morfología típica de la ternera, mientras en la otra el hueso de rodilla no parecía de ternera. Algo no encaja en esta maldita bandeja, se dijo.

            Se dirigió con esa inquietante bandeja en la mano a su estudio: un pequeño cuarto repleto de libros en tres de sus cuatro paredes, una silla encajada bajo una minúscula mesa igualmente tomada por un montón de libros apilados, con un mínimo espacio libre donde, en su día, encajó un ordenador bastante antiguo. La pared libre albergaba un armario empotrado. Una tabla para planchar en mitad de la habitación esperaba a un montón de ropa, doblada y lista, sobre un sofá cama destinado a acoger a los invitados imprevistos.

Inició el ordenador y esperó largo rato a que presentara todas sus opciones. Una vez todas en pantalla se dio cuenta que la red wifi no estaba conectada y no podía navegar por Google. Empujó enfadada el viejo PC hacia el fondo de la mesa y se levantó a por un libro que había heredado de su padre: el Spateholz de tres tomos de mil novecientos setenta y cinco. Aquel atlas contenía unas excelentes ilustraciones a todo color. Las había repasado cientos de veces durante la carrera.

Amelia fue directa al tomo uno en busca del capítulo dedicado al aparato locomotor. Allí estaba lo que buscaba: varias ilustraciones de una rodilla.

            Un estremecimiento recorrió su espina dorsal, la bandeja que reposaba sobre su mesa de estudio contenía, no sabía por qué, ni como había acabado ahí,  una rodilla de una morfología exacta a la que mostraba la ilustración del viejo Atlas de Anatomía Humana de W. Spateholz.

            Tomó su móvil y buscó en contactos el número de su jefe y antiguo profesor, el Doctor Rubén Hidalgo, médico forense, Jefe del Servicio de Patología Forense del Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. Pulsó repetidamente sobre el número que mostraba la pantalla.

––«¡Amelia! ¿Qué tal? —contestó Rubén ––. ¿Qué pasa para que me llames un viernes a última hora? ¿Te has arrepentido del fin de semana? ¿Me lo quieres cambiar?»

––Hola Rubén. ¿Te pillo en mal momento?

––«No. Tranquila. Acabo de entrar en casa y me estaba cambiando. Dime. ¿Qué hay?»

––¿Vas mañana al Anatómico? Tienes guardia. ¿No?

––«Sí, no me he podido escabullir como tú. Y eso que soy el jefe. ¿Por qué?»

            Amelia comenzó a relatarle con todo lujo de detalles lo que se había encontrado al examinar las bandejas de carne para su cocido. Se detuvo en explicarle los motivos por los que comparó ambas bandejas. Su extrañeza por la diferencia morfológica de las rodillas.

––«¿Estás completamente segura? Es algo, no sé, estrambótico. Irreal, y si resulta que estás en lo cierto, es un hallazgo pero que muy, muy inquietante».

––Hombre, Rubén. Quizás no sepa distinguir una rodilla de ternera de una de potro o del codillo de un gorrino, pero humanas he visto y diseccionado unas cuantas.

––«Ya, ya lo sé. Pero aún así. No dudo de tu preparación y experiencia, Amelia».

––Y además… —hizo una pausa dramática para convencer a su jefe ––. No creo que a las terneras se les hagan habitualmente artroscopias para suturar los meniscos.

––«¿Cómo? ¿Artroscopia?  ––se extrañó Rubén––. ¿Qué has visto?»

––Una sutura en el menisco interno. Se aprecia bastante bien. Eso fue lo que me llamó la atención y me estremeció, en serio. Y mira que he visto de todo en nuestra profesión. Pero esto lo supera con creces. Estoy que no…

            Rubén la interrumpió pidiéndole que se calmara y citándola al día siguiente a primera hora.

––«Nos vemos en el Anatómico a las nueve en punto. No abras la bandeja y guárdala en la nevera. Si estás en lo cierto habrá que llamar a la policía».

––Sí, claro. Ya lo había pensado. Por eso no la he abierto y sugiero que mañana tampoco lo hagamos.

––«Sí. Desde luego. Inspección ocular y a partir de ahí ya vemos. ¿Vale?»

––Vale. Gracias Rubén.

––«Procura descansar. No le des más vueltas. Olvídate hasta mañana. Bueno, procúralo».

––Haré lo que pueda. Y si me da muchas vueltas, pues Lorazepam y listo ––zanjó Amelia.

Posted by guso in Extractos